El Dolor de Perderte— extracto de una historia en proceso. Peter R. Vergara Ramírez—autor

EL DOLOR DE PERDERTE UNA HISTORIA REAL
—Vete a dormir, hijo — susurró mi querida madre al reparar en mi presencia. Estaba sentado a su lado, en una silla, incómoda, por cierto, mientras ella reposaba, si se le podía llamar reposar a lo que hacía, en la cama. Tampoco lucía confortable, al igual que yo. Su blanco y escaso cabello, en un tiempo abundante y rizado, refulgía bajo la tenue luz de la habitación. Aparentaba tener más edad de la que realmente ostentaba, sesenta y nueve años, pues la quebradiza fragilidad que actualmente la mantenía derrotada en esa posición la hacía sentir y verse así, una anciana. Era imposible que pesara cien libras, de tan delgada que estaba. La piel de sus brazos caía fláccida a los costados, y los huesos de su cuerpo, en general, se podían distinguir a simple vista.
No le respondí de momento. La miré; solamente eso. Ni una palabra entre nosotros. No eran necesarias.
Me acerqué entonces a ella, y la besé en la frente con inefable ternura, como lo hacía al despedirme por las noches. Me devolvió el beso con suavidad.
—Bendición, mamita, que duermas bien— susurré quedamente.
—Te deseo lo mismo. Dios te bendiga— se despidió, acomodando su cabeza dificultosamente en la almohada, tratando inútilmente de que yo no viera el dolor que experimentaba al hacerlo. La noche recién comenzaba, pues todavía no eran las ocho. Para mamá, sin embargo, ya era tarde, si se tiene en cuenta el día interminable que sufrió soportando los episodios continuos de dolor que no la dejaban vivir en paz. Los medicamentos recetados para tratarlos ya no surtían prácticamente ningún efecto. Posiblemente a la semana siguiente empezarían de nuevo con la quimioterapia, que en esta precisa etapa de su existencia era quizás el único recurso disponible para mejorar su salud significativamente, sin olvidar algo primordial a lo que siempre nos volvemos cuando todo lo demás falla: Dios y la fe en él. No puedo negar que muchas veces mi fe se quebrantaba, pero trataba de seguir adelante. Sin embargo, dudaba en ocasiones de un Dios que dejaba sufrir a la humanidad a su antojo. ¿Cómo era posible entonces que existiera, cuando estaba a punto de perder lo más valioso de mi vida? Me dolía, para qué negarlo. Un sentimiento genuino no se hunde bajo los terribles embates del tiempo, ni de la vida. Sobrevive, menospreciando todos los argumentos en contra.
Quise alejar de mi mente todo lo negativo y triste que pudiese mermar el espíritu de lucha y de esperanza que latía dentro de mi ser, a pesar del panorama gris que se cernía sobre nuestras cabezas, por lo que me dediqué a observar atentamente la figura frágil y enferma de mamá postrada en la cama. Inconscientemente, mi corazón se remontó al lejano pasado, reviviendo momentos hermosos al lado de mi madre. En ocasiones recordamos lo que nuestra mente se niega a olvidar, y desterramos lo que necesitamos sentir de nuevo. Paradojas indescifrables del ser humano. Queremos experimentar solamente el presente, despreciando insensiblemente el pasado que nos trajo hasta aquí.
Volviendo mis pensamientos al presente, no pude evitar el sentirme triste, desconsolado en cierta manera. No podía hacer nada. Mis manos estaban atadas completamente, y no era para menos. La muerte acechaba implacablemente, en espera de caer sobre su presa, y desgraciadamente, mami, como cariñosamente la llamamos sus hijos desde el día que nacimos y tuvimos la facultad de hablar, lucía indefensa ante mí.
Creemos que lo que le sucede al vecino no nos acontecerá a nosotros.
Nos necesitan más que nunca, y cuantas veces nos enfrascamos en tontas discusiones, entre la misma familia, sobre qué hacer con la persona marcada por la enfermedad, tratamientos a seguir, médicos apropiados para tratarla, el hospital más idóneo o conveniente. También nos sumergimos en polémicas estériles sobre la cuestión monetaria. Aunque debo admitir, desgraciadamente, que es un punto importante, demasiado, cuando se está pensando en un tratamiento a largo plazo. El dinero todo lo compra, aunque en la gran mayoría de los casos no retiene la vida; sólo la mejora ligeramente hasta el segundo final. Si vas a sufrir mucho, entonces sufres menos, gracias a los últimos adelantos en drogas anticancerosas o de cualquier tipo. La vida es extraña. Cuantas cosas pasan por la mente de uno en situaciones de esta índole. Mientras mamá dormía ya plácidamente, la historia de nuestras vidas entrelazadas pasaba en frente mío como una vieja película llena de nostalgia, y no pude evitar rememorar el ayer. No he sido el mejor hijo del mundo; lo reconozco, pero trato de serlo ahora, aunque todos piensen que es tarde. Nunca es tarde si la dicha es buena, según he oído en varias ocasiones. Una gran verdad.
Recordé el pasado que se va y no vuelve, aquellos momentos en que fui niño, adolescente, y al final hombre. Esos instantes que forjan tu carácter como un martillo chocando violentamente contra el yunque de nuestro espíritu; instantes que nunca volverán, pero que nos forman desde el principio mismo del nacimiento, acto maravilloso que nos une para toda la eternidad con nuestra madre. Tu madre; mi madre. Palabra hermosa, sencilla a la vez, pero que encierra toda una gama de sensaciones y experiencias enriquecedoras.
A la misma vez, recordé, aunque difícilmente, paisajes en el tiempo que creía olvidados, y que cambiaron el derrotero de mi existencia para siempre. Sucesos que en ocasiones destruyeron el concepto ficticio e iluso que yo tenía sobre los demás. En otras palabras, supe que el mundo como me enseñaron desde pequeño, un universo lleno de bondad y amor, no existía más que en la mente calenturienta y fantasiosa de algún escritor de segunda clase. Hicieron nacer en mi persona la decepción hacia todos que llevo como una pesada carga de la que no he podido librarme todavía. Presiento que me acompañará hasta la muerte. Quizás. No creo ya en la humanidad, que te golpea inmisericordemente cuando no lo esperas, tus ilusiones se encuentran a flor de piel, y tu alma suspira encandilada por un tierno beso de amor.
Dicen que cuando uno sufre, y llora, todo te hace sentir. Es cierto, muy cierto. Por eso, viendo hacia la cama contigua a mí, empecé entonces a sentir mi pasado, y como era que había llegado hasta ahí a pesar de todo, al lado de ella, de la mujer que me dio el ser, en esa melancólica y amarga noche de octubre.
Reflexión: Tenemos que aprender a vivir el presente, el hoy, junto a nuestros seres amados. No dejemos por favor para mañana el decirle a esa persona te amo, o perdóname. Quizás sea muy tarde para entonces, y ya no estemos para hacerlo, o viceversa.
Meses después la perdí, y fue mi peor momento, el que nunca deberíamos sufrir, pero que irremediablemente nos llega a cada ser humano, y duele muchísimo.
Pero como le dije en su habitación un día, y recuerdo ahora, si mueres, nos volveremos a encontrar en un sitio mejor.
“El dolor de perderte es inmenso. Sublime es la alegría de saber, que algún día no muy lejano, volveremos a encontrarnos en un sitio mejor”.
Esta dedicatoria está plasmada en su lápida, donde descansa su cuerpo mortal.
Su espíritu está en un sitio mejor. Algún día nos volveremos a ver.
Gracias mami, por todo tu amor…

(El Dolor de Perderte— extracto de una historia real, que tocó mi alma y corazón, y que en su momento destruyó mi ilusión de vivir. Es un trabajo en proceso que espero culminar en los próximos meses si Dios lo permite. Cualquier reproducción, total o parcial, de este contenido, está terminantemente prohibido sin la debida autorización del autor. @Derechos reservados Peter R. Vergara Ramírez)

Biografía del autor.
Peter R. Vergara Ramírez, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manatí, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal, y prosigue estudios, actualmente, conducentes a una Maestría en la misma rama en la UNE de Barceloneta. Autor de seis trabajos literarios ya publicados en Amazon.
Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana.
Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, El Comienzo, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, publicada en septiembre del 2016.
Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en el que, aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Todos mis trabajos literarios se encuentran en formato digital e impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida. Residen en Manatí, Puerto Rico.
Trabajos literarios:
1. Susurros Mortales, el comienzo. 2016
2. Susurros Mortales en el Viento, Ángel de Piedad. 2016
3. Al Final del Abismo. 2016
4. Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú (Motivación 1) 2016
5. Tiempo de Hacer las Paces con mis Demonios (Motivación 2) 2016
6. Adiós a mis Miedos (Motivación 3) 2016
7. Obsesión Mortal (febrero 2017)
8. Deadly Whispers (enero 2017)
Página de autor en Amazon: http://amazon.com/author/petervergararamirez
Twitter: http://twitter.com/vergrampeter Facebook: http://facebook.com/pvergararamirez
Página web: http://vergram.website Correo electrónico: peter@petervergara.com

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