Capítulos Gratuitos Al Final del Abismo

Capítulo 1

Menudas gotas de agua descendían sin cesar hacia la adoquinada superficie. Esa noche de diciembre, fría y desolada como pasión desdeñada, avanzaba paulatinamente a través del pueblo de Manatí y sus rehabilitadas calles repletas de historia, como silentes comparsas del gallardo paso de hombres y mujeres ilustres que resplandecieron en esa inolvidable época y que dio vida y nombre al Atenas de Puerto Rico, efímera cuna del desarrollo cultural e intelectual de principios del siglo pasado. Tan solamente quince años de edad revelaba grácilmente la sugerente jovencita que caminaba sin paraguas bajo la somera lluvia en dirección al colmado-cafetín Rosado. Natividad, su madre, le había pedido traer un cuartillo de leche para preparar el café mañanero del día siguiente. Las manecillas de su económico reloj, marca Mickey Mouse, señalaban casi las doce de la medianoche, hora no apta para que una menor caminara sola por las oscuras e inciertas calles del norteño pueblo, pero a instancias de su progenitora tuvo que acceder a regañadientes para evitar el consabido discurso sobre las relaciones entre padres e hijos, que no ayudan en un carajo. Un corto trecho separaba su hogar del negocio de la esquina. No tenía sueño, y clases menos en la mañana próxima, por lo que aprovecharía para comprar dulces y ver programas en la televisión al regresar del encargo. Se acostaría probablemente al rayar el alba.

Escuchó ruido de petardos y cohetes en la distancia. El nuevo año estaba a la vuelta de la esquina. Las navidades no estaban transcurriendo tan vistosas y alegres como en ocasiones anteriores, pues la economía no andaba muy bien para los afligidos hijos de esta tierra. El dinero apenas rendía lo suficiente para malgastar en banalidades. Únicamente se podía invertir en cosas esenciales para el hogar, alimentos y una que otra chuchería, cervezas y licores (aunque esto último cayese dentro de la categoría de banalidades o chucherías); para entretenerse, mientras tanto, y olvidar, aunque fuera por unas horas, el triste destino que asolaba amargamente a la ciudadanía en vísperas de unos venideros doce meses de la misma rutina. En los últimos tres años el índice de consumo de bebidas alcohólicas, así como la criminalidad rampante y el desempleo, habían aumentado sustancialmente. Dicha situación no era tan palpable en Manatí, pues el municipio costero era como un esperanzador faro en la cumbre del farallón que iluminaba a los demás para que no se perdieran en la oscuridad mediocre del susodicho transparente mandato opresivo que sojuzga a la mente y al estómago, pero no al corazón que ansía progresar y emerger del atolladero en que nos hunden hasta el fondo dirigentes sin un gramo de masa gris para pensar. Personajes engañosos disfrazados con máscaras de payasos patéticos, que utilizan las necesidades básicas de un pueblo soñador para ascender al poder que siempre corrompe, sin importar a cuál bando pertenezcan. Todos persiguen lo mismo, a fin de cuentas, desgraciadamente.

La calle McKinley, arteria principal del Atenas, lucía apagada mientras Lisandra se dirigía al colmado. A sus habitantes ya no les agradaba caminar por ella como en tiempos pasados. El progreso trae atado firmemente de su jactanciosa cola el aumento en los índices de la criminalidad, y, por consiguiente, el miedo oscuro, aprensión viva del peligro y enemigo acérrimo de la gente honrada cuando de disfrutar una sencilla caminata se trata. Un patrullaje policial efectivo controlaba en gran parte la delincuencia reinante, por lo que Manatí era uno de los escasos lugares en Puerto Rico que podía vanagloriarse por este hecho, ratificado científicamente por las últimas estadísticas policiales dadas a conocer públicamente en días anteriores.

Lisandra no conocía el significado de la palabra miedo. Jovencita audaz y sin experiencia en los senderos de la vida, tomaba siempre por ende las cosas a broma. Nada malo podía ocurrirle. Sabría defenderse a conciencia llegado el momento, aunque no poseyera conocimientos en artes marciales, karate o judo. Una patada en los genitales era más que suficiente para derrotar a cualquier hombre que se atreviera atacarla. Monchita, su abuela ya fallecida, contaba a todos que ella era una mujercita hecha y derecha. Ojalá y estuviese compartiendo esas navidades con la venerable anciana. Le hacía mucha falta.

Siguió caminando tranquila, pero velozmente. Por si las moscas, era mejor no arriesgarse tontamente. La gente descuidada, invariablemente, paga los platos rotos, y aquéllos que convocan al diablo, siempre lo ven llegar cuando menos lo esperan.

Menudo, Los Chicos, la muñeca Barbie y su maleable novio Ken, eran cosas del pasado reciente. Era la época dorada de Ricky Martin, Chayanne, Luis Fonsi, Britney Spears, Jennifer López y Protagonistas de la Música, el Reality Show que transmitía un conocido canal de televisión, y en donde los candidatos se aniquilaban mutuamente en aras de conseguir un contrato discográfico. Todo por la fama y el dinero, aunque no siempre ganaba el mejor, sino el favorecido por los productores. La imagen lo es todo, signo dominante de nuestros tiempos modernos.

La muchacha arrugó el entrecejo al pensar en ello. Nunca lo había analizado de ese modo, pero no por eso era menos cierto. Poseer una cara bonita, o unas nalgas abultadas era todo lo que necesitaba una mal llamada artista para triunfar en este mundo de candilejas, donde somos como marionetas dóciles, manejadas por hilos invisibles que solamente buscan manipular nuestras mentes.

Le había tocado vivir en esta época, así que era mejor demostrar un poco de paciencia a prueba de goteras. No lucía bien el salpicarse antes de tiempo.

Lisandra parecía mayor de lo que era en realidad, pues su espigado y bien formado cuerpo daba fuerza a esa impresión inicial.  De piel morena, atractivo rostro, ojos castaños, largas, torneadas piernas, y mórbidos senos, completamente desarrollados, sin necesidad de aumentárselos artificialmente, como era el último grito de la moda entre las artistas y las que no lo son, pero que pueden permitirse el superfluo gasto con tal de aparentar más belleza de la que realmente poseen por naturaleza. Los cirujanos plásticos, artífices de lo irreal con visos esporádicos de una incierta fantasía, definitivamente estaban haciendo su agosto con las niñitas descerebradas y sin remedio que se ponían en sus finas y alargadas manos de mercaderes de ilusiones.

Los blancos pantaloncitos cortos que utilizaba se ceñían ajustadamente a sus juveniles caderas, confiriéndole un aire extremadamente sensual para una adolescente de su corta edad. La escotada blusa que vestía permitía a los hombres atisbar sin reparos en sus turgentes senos. Empezó a jugar con la cadena de oro que llevaba colgada alrededor del cuello con su nombre grabado, regalo de su madre meses atrás en ocasión de celebrar sus quince años de edad. No era oro genuino, sino una burda imitación, pero como si lo fuera para ella. Un regalo es siempre un regalo, y es más valioso cuando proviene de un padre o de una madre que te ama sin importar lo que seas. O cómo te vistas.

Su mamá la había regañado fuertemente antes de salir, por la indumentaria provocativa que mostraba, pero terca al fin, desoyó sus consejos (¿cuándo no?), abrió la puerta, y se largó a comprar el cuartillo de leche y los dulces. ¿Por qué será que los padres nunca se hartan de regañar? Diantre, nadie escarmienta por cabeza ajena. No tenía ella la culpa si era guapa y los hombres la apetecían. ¿Para qué entonces nació coquetona y con ese tremendo cuerpo que se gastaba? Al que Dios se lo regaló, San Pedro se lo bendiga. ¿Así era el refrán? No estaba segura de nada últimamente. Las florecientes hormonas femeninas en pleno crecimiento eran la causa de su incipiente curiosidad en ciertos temas prohibidos pero sabrosos.

No le molestaba que la ligaran de esa forma. Todo lo contrario. Gustaba en exceso de provocar abiertamente con sus nacientes atributos femeninos. Comenzaba a sentir la extraña inquietud, precocidad sexual, una cosquillita, ese calorcillo inequívoco de que se estaba convirtiendo en mujer rápidamente. ¿Cómo sería hacer el amor? ¿Acariciada, besada, amada y deseada? Actualmente se tenía que conformar con sesiones interminables de masturbación o auto gratificación obscena entre las cuatro paredes de su descolorida habitación cuando nadie la veía o escuchaba. ¿Puede una mujer perder la virginidad de una manera tan infantil y absurda? ¡Bah! Si ése era el caso, entonces definitivamente ya no era señorita. ¡Al diablo con esos anticuados tabúes del siglo pasado! Los tiempos cambian, ¿verdad?, aunque a veces no precisamente para mejorar como algunos creen.

Cada vez que visitaba el colmado, a altas horas de la noche, los tipos allí reunidos la miraban con sucio deseo de la cabeza a los pies. Le satisfacía grandemente a su ego que la disfrutaran a sus anchas, sin reparos de ninguna clase. A veces sentía ganas de cobrarles por la miradita. Por lo menos una peseta, para no pecar de muy carera. Había que conservar la dignidad, aunque fuera una chamaquita humilde de La California.

La distancia desde su hogar no era considerable. Un par de cuadras a lo sumo.

La California, barriada donde residía en Manatí, estaba ubicada a las afueras del pueblo, pero bastante cercana al mismo tiempo. Conglomerado desorganizado de casuchas humildes, algunas de cemento, otras de madera y zinc, servían de refugio obligado para muchas familias pobres que no podían darse el lujo de escoger su vivienda idónea, no implicando con esto que no vivieran personas muy decentes en dicho lugar. La honradez crece en cualquier lugar, sin importar si es una mansión o una casita de madera. A pocos metros se hallaba la carretera número 2, mejor conocida como la Militar, en dirección hacia Barceloneta y Arecibo, y el antiguo Hospital Municipal, ahora conocido como el C.D.T.  (Centro de Diagnóstico y Tratamiento.)

No todo iba a ser miseria en su futuro inmediato. Gracias al portentoso cuerpo y el agradable rostro que poseía, abrigaba en su ingenuo corazón la esperanza de obtener todas aquellas cosas que soñaba, aunque tuviera que valerse de medios no tan ortodoxos u convencionales para lograrlas. Un poco de dinero nunca cae mal, y, además, lo que una ansía con fervor no cae regalado del cielo. Hay que lucharlo centímetro a centímetro, pulgada a pulgada, pie a pie sin desfallecer todo el trayecto del campo de batalla que es la vida hasta que mueres. O hasta que te maten en cualquier oscuro callejón. No estaba en sus planes morir tan jovencita. No sin gozar a cada instante.

Sería una maestra consumada en el arte femenino de embaucar a los hombres. Ellos se lo creen todo. Era virgen, desgraciadamente, por lo que tendría que bregar con esa sin importancia situación lo antes posible. ¿Esa noche, quizás?

Entró contoneando atrevidamente sus caderas cuando por fin llegó al colmado, gozando íntimamente con la reacción instantánea que su impactante presencia desataba entre los asistentes, embriagados completamente por el alcohol ingerido desde tempranas horas de la noche. Se dedicaron a observar descaradamente a la mujer en ciernes, tan provocativa dentro de su atuendo y atrevida en la actitud hacia ellos. Lisandra se sentía la hembra más deseada y apetecida en esos instantes. ¡Diablos, le fascinaba esa inigualable sensación! ¡Era como una droga que se apoderaba de su sangre para jamás soltarla!

  • ¡Qué tremendas nalgas tienes, mamita! – se le zafó el soez piropo a uno de los parroquianos sin encomendarse a nadie. Era un tipo gordo y sucio con una botella semivacía de cerveza Miller, en la mano.

-Hey, muñeca, ¿quieres dar una vueltita por ahí? Tengo entre las piernas la herramienta que necesitas para dejar de ser niña hoy ahora mismo- expresó otro con desparpajo, mientras se reía a carcajadas.

  • ¡Si como caminas cocinas, me como hasta el pegao! – citó un viejo decrépito al final del mostrador, mientras agarraba como un náufrago a punto de ahogarse, la caneca de ron Don Q que descansaba a su lado.

La muchacha ni los miró. Mientras los ignorara, mayor sería el deseo por poseerla.

Tomó un cuartillo de leche de la nevera cercana a la entrada, y pidió algunos dulces que se encontraban dentro del estante de cristal, unas gomas de mascar y dos bolsas de papitas fritas. Se daría un atracón increíble esa noche.

Pagó el importe de lo pedido al estúpido y grasiento empleado que atendía el mostrador, recogió el cambio y salió del local, aumentando el contoneo de sus caderas mientras caminaba. Escuchó a su espalda los comentarios cargados de vulgaridad y sucio deseo. Los hombres eran unos animales, domesticados, pero animales al fin, y como tal, predecibles.

Lisandra no se marchó rápidamente. Se detuvo en la esquina. Miró hacia el negocio nuevamente, especialmente en dirección al viejo sentado al fondo del mostrador.

La asaltó repentinamente una inquietud, preludio de la curiosidad que latía desenfrenadamente dentro de su cuerpo anhelante de sensaciones aún no vividas.

«¿Y si…?»

Sus amiguitas de La California, las ya desfloradas y no consideradas señoritas, siempre ventilaban a los cuatro vientos que esos ancianos eran excelentes amantes cuando de hacer el amor se trataba, pues al no tener ya la vitalidad de los más jóvenes, el daño que podían infligir no era mucho. Aparte de eso, pagaban espléndidamente para sostener relaciones sexuales con jovenzuelas como ella. Prostituta no era; únicamente una muchacha curiosa, ávida por conocer la verdad por cuenta propia sin que se la contaran.

La archiconocida Viagra, milagrosa pastillita azul, obraba milagros hasta en los desahuciados. Presa de la excitación, empezó a sudar copiosamente, al imaginarse desnuda en una cama debajo del anciano decrépito. Hasta sus partes íntimas las sintió humedecidas sin tener sexo en la decepcionante realidad.

Tendría que andar con mucho cuidado. Sus panitas repetían que dolía mucho el hacerlo por primera vez, primordialmente si la mujer no estaba completamente lubricada en su área vaginal y el tipo estaba desesperado por penetrarla.

Leería un buen libro sobre el tema, aunque no le agradaba mucho hacerlo. La práctica era mil veces mejor que la lectura. Eso era lo que pregonaban actualmente los mal llamados escritores motivacionales. No lo pienses, hazlo, aunque metas la pata asquerosamente mil veces. Claro, como no era con ellos la cosa.

Lo pensó mejor. Hablaría con el viejito luego. Quizá en alguna otra ocasión, cuando reuniera el valor suficiente para hacerlo. Empezó a caminar de regreso al hogar, un poco desanimada por ser tan miedosa en esa materia tan escabrosa.

Tan absorta iba por el camino, recreándose todavía con sus desbocados y eróticos pensamientos, que no se percató de que un automóvil la venía siguiendo lentamente.

El restaurante Yamboree, los antiguos almacenes Pitusa, ahora localizados en otra parte del pueblo; McDonald’s, y la gasolinera de la esquina, eran lugares por los que Lisandra tendría que pasar. Paisaje obligado y deprimente a la vez si anhelaba retornar a tiempo al hogar para ver televisión hasta el amanecer. A lo mejor exhibían una buena película en alguno de los canales comerciales.

Frente a la Plaza de la Historia, y el gigantesco mural de mármol negro que detallaba en letras doradas la historia del pueblo a grandes rasgos, reapareció de improviso el vehículo. Pasó por el lado del busto de don Antonio Vélez Alvarado, diseñador de la bandera puertorriqueña, y cuyo monumento se erigía majestuosamente en medio de la pequeña plaza construida recientemente.

A excepción de Lisandra, y el ocupante del sospechoso vehículo que la acechaba peligrosamente, amparándose en la oscuridad y soledad de la noche, nadie más caminaba por la calle McKinley a esas horas.

La adolescente llegó al final de la calle. También su desconocido perseguidor, cuya proximidad aún no había sido detectada por Lisandra.

Una centena de metros la separaban de su casa. Escuchó nuevamente el ruido ensordecedor de los cohetes. ¿Cuántas cajas de artefactos pirotécnicos tendrían los malditos violadores de la ley? Ni que hubiesen comenzado las fiestas patronales en honor de la Virgen de la Candelaria, santa patrona de Manatí. Lo que era eso, y la música estridente y el perreo de los raperos como Tego Calderón, que los jóvenes escuchaban sin cesar en sus autos, cualquiera se volvía loca. Prefería las baladas, boleros, esa clase de melodías suaves de Luis Miguel, David Bisbal, Alejandro Fernández y otros que enriquecen el alma, que te hacen soñar con el bendito amor y no esa porquería alborotosa sin ton ni son que nadie entiende a excepción de la juventud vana y sin ideas provechosas.

La bolsa de mercancía que llevaba se le cayó inesperadamente al suelo. El cuartillo de leche se rompió, desparramándose su contenido sobre toda la acera.

  • ¡Carajo! – Lisandra estaba furiosa, y empezó a maldecir-. ¡Ahora sí que me jodí!

Tendría que regresar a comprar otro cuartillo de leche. Y dulces, pues también se habían estropeado. La lluvia, que se había detenido minutos antes, comenzó de nuevo a caer sobre el pueblo manatieño.

Resignada a su suerte, se dispuso a dar la vuelta.

No tuvo tiempo de hacerlo. Ni siquiera la dejaron.

Un brutal golpe, recibido en la sien la sacudió por entero. Sintió como si el mundo girara a su alrededor en fracción de segundos. Perdió el conocimiento por primera vez. Su espigado cuerpo no llegó a tocar el suelo. Unos fuertes brazos, como cables de acero, lo impidieron. Fue levantada en vilo como si de una ligera pluma se tratara, mientras extrañas carcajadas se escucharon en el silencio reinante de la noche.

-Vas a conocer lo que es un verdadero hombre, pordiosera de mierda.

Lisandra no pudo escuchar estas insultantes palabras. Yacía inconsciente en los brazos del sujeto que la apretaba soezmente en sus partes íntimas.

  • ¡Abran la puerta, rápido! – gritó a sus acompañantes.

La montaron en el vehículo, arrojándola al asiento trasero como si de un saco de papas se tratara. Encendieron el motor a continuación, y se alejaron a toda prisa del lugar, tomando la vieja carretera en dirección a Ciales.

Quince minutos más tarde, se desviaron por un oculto vericueto que quedaba a su derecha. Siguieron transitando por el polvoriento y escabroso camino de tierra unos minutos más. El automóvil se sacudía fuertemente debido a las precarias condiciones del accidentado terreno, perdido en un mundo sin retorno para la muchachita.

Se detuvieron finalmente, dejando encendidas las luces delanteras. Miraron entonces a su alrededor. Un imponente silencio los recibió con sus brazos abiertos, como aplaudiéndoles por la osadía cometida en esos sagrados días del nacimiento del Señor.

Perfecto. Solamente el irregular canto de algunos coquíes se escuchaba en derredor.

La luz de la luna iluminaba completamente el lugar donde se habían detenido los malhechores con Lisandra. Era el sitio ideal para cometer su vil fechoría. Ahora o nunca. Se bajaron los tres ocupantes del vehículo. Altos, fornidos, jóvenes, por su elasticidad al caminar. Abrieron la portezuela del asiento trasero donde Lisandra permanecía inconsciente, y uno de ellos agarró a la muchacha por las piernas, arrastrándola materialmente hacia el desolado exterior. Algo más cayó junto con ella.

Al caer al suelo tan abruptamente, Lisandra recuperó el conocimiento por unos minutos. Asustada, abrió los ojos. Sólo vio sombras moviéndose bajo la tenue claridad lunar.

«¿Dónde demonio se encontraba? ¿Cómo había llegado hasta ese lugar tan lóbrego?»

Recordaba un fuerte golpe en la cabeza, unas carcajadas retumbando en sus oídos y unos brazos interponiéndose abruptamente entre ella y el suelo durante su caída.

Escuchó unas risitas sarcásticas.

La luz que provenía de la luna y del vehículo la ayudó a ubicar el origen de las risas.

Tres hombres la rodeaban silenciosamente. No podía distinguir muy bien sus rostros. Percibía, como un sexto sentido que todas las mujeres poseen, los cuerpos peligrosamente tensos, excitados, como si esperaran ansiosamente el caer en cualquier momento sobre su indefensa presa.

Sobrecogedor, pesado, escalofriante, era la ausencia total de palabras que no llegaban a salir de sus labios, como un preludio del infierno que pronto iba a desencadenarse en contra suya.

Quiso gritar, chillar, hacer algo, pero no pudo. El terror a lo desconocido había paralizado totalmente sus cuerdas vocales. Horrorizada, observó cómo uno de los atacantes se acercaba sigilosamente en cámara lenta, mientras los otros le agarraban sus esbeltas piernas para que no intentara escapar.

Antes de que pudiera reaccionar para gritar pidiendo auxilio, le taparon la boca con un sucio trapo. Nadie la escucharía de todos modos, pues al parecer el sitio se encontraba bastante alejado de cualquier zona habitable. No podía esperar ayuda en esas circunstancias. La mano de Dios no llegaba hasta esos aislados lugares.

Alguien comenzó a golpearla violentamente en su bajo vientre para acabar de vencer cualquier tipo de resistencia por parte de Lisandra. Trató infructuosamente de liberarse de sus captores, antes de perder por completo el conocimiento, pero no pudo lograrlo. Otro golpe, más fuerte que el anterior, la dejó aturdida y sin recursos para defenderse.

Ahora venía lo peor.

Sometida completamente gracias a la brutal paliza recibida, y sin fuerzas restantes para resistir, sintió cómo sus ropas y prendas íntimas eran desgarradas con salvaje furia, propia de animales enloquecidos y ansiosos por probar la mórbida carne de la jovenzuela.

Jadeante y sudoroso, un hombre se le trepó encima, separándole sus piernas a ambos extremos sin contemplaciones de ninguna índole. Quería ultrajarla sin más demora, ser el primero dentro de su sexo, el capitán de la canoa que estaba a punto de naufragar.

Sus fosas nasales fueron golpeadas abruptamente por una tenue y dulzona fragancia. Era un aroma fino, exquisito, propio de la realeza.

Aunque el maldito cabrón que tenía entre sus piernas no era propiamente un rey, sino un asqueroso degenerado sin madre.

Su palpitante y desbocado corazón amenazaba con salírsele del pecho, mientras sus senos eran estrujados y mordisqueados vilmente en la rosada aureola de sus pezones. Cabían completamente en la enorme y lujuriosa boca del hijo de puta que la chupaba con lujuriosa fruición.

  • ¡Qué lindas tetas tienes, pordiosera! ¡Te las voy a comer totalmente! – exclamó el desgraciado soezmente-. ¡Maldita sea, carajo!

No podía abrir la cremallera de su pantalón, de tan excitado que estaba entre las piernas de Lisandra.

Uno de los atacantes sintió un poco de remordimiento por lo que pensaban hacerle a la muchacha. Trató de interceder por ella.

  • ¡Esto ha ido demasiado lejos! ¡Es casi una niña! – le gritó al hombre que se encontraba encima de Lisandra dispuesto a forzarla.

  • ¡No vengas a joder ahora, chiquito! ¡Estuviste de acuerdo en hacerlo! ¡Además, ya es tarde para arrepentimientos, así que te aguantas como un machito! ¡Si no quieres meter mano con la nena, no lo hagas, pero cállate, o te largas ahora mismo! – le gritó el interpelado, a punto de perder la paciencia con el buen samaritano que había resultado ser su compañero de fechorías.

El reclamante se acobardó al ver la furiosa reacción del amigo.

  • ¡Está bien, me callo! – aceptó, asustado-. Pero no pienso participar de este salvaje acto en contra de esa pobre niña. Los espero en el carro. No tarden. Y que Dios nos perdone.

Se fue, y con él, se fueron también las escasas esperanzas de Lisandra de salir airosa de tan precaria situación. Trató de hablar, de rogarle que no la abandonara, que la ayudara a salir del precipicio en que se estaba hundiendo, pero no pudo.

El individuo ya no podía escucharla.

  • ¡Volvamos a lo nuestro, putita barata! – dijo el bastardo que se hallaba encima de su cuerpo. Por fin pudo abrirse la cremallera, dejando al descubierto su miembro viril completamente erecto como la asta de una bandera y listo para penetrarla sin compasión. Se quitó también la camisa, para realizar el asqueroso acto sin tropiezos.

Un destello resplandeciente, inesperado, la cegó totalmente, mientras algo similar a un hierro candente se introducía salvajemente dentro de su inexplorada vagina, lastimándola dolorosamente en su hasta ese instante virginal intimidad.

Impotencia, frustración, rabia, así como gruesas gotas de sudor provenientes del ruin sujeto cayendo sobre sus ojos, y gemidos del más denigrante placer que jamás creyó escuchar, se dejaron sentir en la inquebrantable quietud de la noche.

Todo eso sucedió al no saber ni poder defenderse del vil ultraje.

El hijo de puta la penetraba más y más, como una bestia inhumana sin freno alguno ni conciencia por el daño que ocasionaba a un alma inocente. Ahora podía ver mejor el maldito rostro del violador, que pegado a su propia cara seguía abusando de ella.

    «¡Dios mío, duele!»

El otro sujeto esperaba su turno, burlándose cruelmente de la infortunada jovencita con fastuosos sueños de grandeza.

Lisandra reaccionó en el último minuto, clavando sus uñas como una gata salvaje en la ancha espalda de su agresor inmediato al este descuidarse por unos segundos.

  • ¡Maldita seas, hija de puta! – bramó enfurecido el hombre al recibir la “caricia” de la muchacha-. ¡Ya te lo metí, pendeja, y como te atrevas a denunciarnos con la policía te mato! ¿Escuchaste bien, perra? ¡Te mato! ¡Toma esto para que respetes a los verdaderos machos!

Le atizó un brutal golpe con el puño cerrado que estremeció a la desafortunada joven. Un hilillo de sangre, mezclado con las amargas lágrimas derramadas, comenzó a brotar como río sin cauce a través de sus rotos labios. Ya encontraría, si lograba sobrevivir, el modo de vengarse de los bastardos.

Si no la mataban antes.

  • ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Es verdad que eras señorita, infeliz muerta de hambre! ¡Puedes vanagloriarte de que fui el primero en gozarte todita! Es preferible para ti, chiquita, en lugar de un viejo apestoso, ¿no? ¡Ya verás lo delicioso que es la segunda vez, cuando mi amigo te pruebe también! No quiso seguir luchando. Era demasiado, incluso para ella. Volvió a perder el conocimiento, incapaz de modificar su destino, pero esta vez definitivamente.


Capítulo 2

Carlos Robles se levantó de muy mal humor en esa grisácea y hosca mañana del viernes. Se acomodó las pantuflas, poniéndose de pie. Las cortinas estaban corridas hasta el suelo, por lo que no entraba mucha luz en su habitación de soltero.

Caminó hacia el cuarto de baño, echándole una mirada al espejo por primera vez ese día. Lo que vio le agradó, pues una sonrisa hueca de complacencia se dibujó en su varonil y petulante rostro. Esto mejoró un poco su estado de ánimo, que no era por cierto el mejor. No se sentía con deseos de nada últimamente, aunque lo disimulaba ante todos.

Levantaba del suelo seis pies de estatura, ojos de color oscuro, marrones y penetrantes, y complexión atlética. El ondulado cabello negro, recién cortado, lucía impecable. Había cumplido recientemente los treinta años, por lo que comenzaba a vivir. O a morir. Dependía del cristal con el que se mirara, aunque él no pensaba mucho en esas cosas. Allá los intelectuales de pacotilla que analizaban hasta el mínimo detalle de esa ilusoria materia denominada existencia.

Guardaba en el garaje de su residencia un ostentoso Honda Accord blanco, comprado recientemente, a pesar de lo costoso que era, y del agujero que hacía en su bolsillo, solamente por la estúpida satisfacción de ver las caras de sus amigos encenderse presa de la envidia al exhibirlo orgullosamente en el estacionamiento del bar al cual todos iban, El Castillo. ¿Valía la pena? Posiblemente. Todo sea por fastidiar al prójimo.

No le afectó excesivamente el precio que tuvo que pagar de anticipo por el sugestivo carro, ni tampoco los sesenta meses subsiguientes en que iba a tener que desembolsar prácticamente quinientos dólares para poder conservarlo. No. Para nada.

Total, aún le sobraba la mitad del sueldo. No tenía gastos adicionales, pues residía con su madre; era hijo único, y no aportaba nada económicamente a las facturas mensuales propias de cualquier familia puertorriqueña, como el agua, la electricidad, teléfono, televisión por cable, compras semanales de alimentos y otras cosillas adicionales.

La casa, gracias a Dios o a quien fuera, estaba pagada en su totalidad, y Carlos se sentía muy envanecido con esta situación, ya que la misma ubicaba en la urbanización Lucchetti de Manatí, y su precio en el mercado actual de los bienes raíces rondaba cerca de los noventa mil dólares, cantidad nada despreciable que iría a engrosar las arcas personales del hombre cuando su madre y padre fallecieran. No eran precisamente unos adolescentes.

No es que albergara malos sentimientos en contra de ellos. Carlos no era un desnaturalizado, pero tenía que pensar en el futuro, y para bien o para mal, los padres no viven para siempre. Además, ya era hora de que se desligara del yugo familiar, que en este caso constaba únicamente de su madre, pues su padre hacía bastantes años se había divorciado de ella. No lo veía frecuentemente, pero tampoco le importaba. Nunca estuvo a su lado cuando necesitó del apoyo paterno que todo adolescente amerita cuando está entrando a las etapas maduras de la vida. Por consiguiente, no iba a llorar su despego. De ninguna manera. Él no vertía lágrimas por nada en este mundo, y nunca lo haría. Era un verdadero hombre en todo el sentido genuino de la palabra.

Nunca se le ocurrió pensar que solamente los verdaderos hombres lloran, porque son lo suficientemente valientes para hacerlo sin sentirse rebajados por ello. No pierden masculinidad al reconocerlo así.

Su madre era quien pagaba todas las facturas, con el exiguo cheque que recibía semanalmente de la tienda de ropa femenina donde trabajaba en el pueblo de Manatí, y le tenía que sobrar para alimentos, pues Carlos necesitaba comer bien y a tiempo para poder mantener su carisma innato.

¡Ah, las mujeres! ¡Tan hermosas y estúpidas! Ven un cuerpo varonil perfecto, y se creen que todo lo que está detrás de la piel es igual de perfecto e inocente. Por eso es que existe un popular refrán que describe esta situación a la medida exacta: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Pero el ególatra sujeto sacaba provecho precisamente de estos conceptos ficticios que los demás tienen sobre aquellas personas que son físicamente agraciadas. Majaderías injustificables promulgadas por una sociedad en franca descomposición moral que rinde exagerada pleitesía al cuerpo humano en su exterior, despreciando abiertamente lo que sí representa algo muy valioso: el espíritu.

Carlos sabía que poseía el encanto para lograr todo lo que se propusiera. Nada ni nadie podía interponerse en su camino, y pobre de aquél que lo intentara. Su corazón no albergaba muchos sentimientos nobles hacia el género humano, o por lo menos, en su gran mayoría. Sólo los mejores merecen lo mejor. Los pobres heredarán la tierra, pero no las buenas hembras que caminan sobre ella. Ésas eran para él y los suyos, los escogidos por el destino, la raza escogida, los únicos que valían algo en ese pueblo. ¿No estaría equivocado? ¿No sería rápido para juzgar y lento para admitir que no tenía la razón?

Su madre Teresa al parecer no entraba dentro de estos últimos, pues una mueca de disgusto ensombreció visiblemente su rostro al escucharla llamándolo cariñosamente para el desayuno. A veces pensaba que la quería; otras, que la odiaba. También a veces pensaba que no merecía el amor de nadie, y por eso se escondía detrás de las paredes del alejamiento íntimo al que nadie se atrevía a asomarse. Ni siquiera sus mal llamados buenos amigos. ¿Serían verdaderamente sus amigos? Nadie lo es en estos días.

-Hijo, ya está preparado el desayuno. Vas a llegar tarde al trabajo- escuchó Carlos que su madre decía a través de la puerta de su habitación. No le respondió de inmediato, pues reparó de pronto en un pelillo indiscreto y de mal gusto a la orilla de su nariz. Se lo cortó con la pequeña tijera especialmente usada para esos casos de emergencia.

No le gustaba pensar dos veces en lo mismo. La voz de Teresa lo volvió a la realidad; su egoísta realidad.

  • ¿Me escuchas, Carlitos? ¿Aún duermes? – preguntó la mujer en voz baja. No deseaba por nada del mundo que su querido hijo se molestara con ella. Era lo único que le quedaba en la vida, pues el marido la había abandonado por otra mujer más joven años atrás. Además, llegado el momento, sabía que su hijo la cuidaría con amor y ternura.

No era todavía el momento, ciertamente, y la voz de Carlos se lo hizo saber.

  • ¿Se puede preguntar qué quieres? – gritó el hombre sin abrir la puerta. Todavía no había escogido la ropa que iba a utilizar ese día, y no disponía de mucho tiempo para desperdiciarlo con su madre.

Su madre era una peste, literalmente hablando, para Carlos. Una molestia necesaria, pero molestia al fin. Por lo menos esperaba que la camisa y el pantalón que pensaba lucir las siguientes horas estuvieren planchados nítidamente, como a él le gustaba y exigía. Si no, tendría que gastarse un poquito de dinero en la lavandería. Necesitaba los billetes verdes para las cervezas de esa noche en El Castillo. Nunca faltaba a la reunión habitual de los viernes con sus amigos, los privilegiados.

La guapa señora aguardó en las afueras de la habitación, sin atreverse a hablar. Carlos suspiró aliviado al ver la indumentaria escogida. Estaba planchada a la perfección.

Servía para algo la señora. Sintió un poco de malestar por pensar así de ella. Su madre no merecía muchos de sus exabruptos. A veces se comportaba peor que un perro. Por lo menos ellos mueven la colita cuando son acariciados por su dueño.

Se dignó entonces a responder con voz autoritaria:

-Ahora voy. Espero que hoy los huevos estén bien cocinados como te dije que los quiero- contestó el prohombre, mientras observaba lo bien que le caía la ropa a su cuerpo simétricamente moldeado. Las horas adicionales trabajadas en el gimnasio rendían sus anhelados frutos significativamente. La fehaciente prueba de tal realidad se reflejaba en el gigantesco espejo que adornaba la habitación.

La abnegada madre se retiró sin comentar nada. ¿Para qué?

Adentro de la habitación, mientras se vestía, Carlos planeaba meticulosamente el resto de su portentoso día. Tan portentoso como él.

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