Capítulos Gratuitos Susurros Mortales 2 Ángel de Piedad

Prólogo  New Haven, Connecticut, en el presente

    La agente del FBI empuñó con firmeza su arma de reglamento, removiendo el seguro. Había escuchado un ruido seco, como el que produce un cuerpo al caer, unos metros delante de ella. La oscuridad presente, aunque no total, le impedía ver a más allá de unos pocos pies. Dio un paso, deteniéndose silenciosamente mientras trataba de recuperar el aliento. No sabía con seguridad dónde se hallaba, aunque adivinaba que era una de las salas abandonadas años antes por la administración del hospital. Su compañera se había adelantado peligrosamente sin esperar por ella, y ahora, desorientada en medio de la nada, maldecía en voz baja su negra suerte. Había dejado minutos atrás la puerta de madera, deteriorada por el comején que conducía al lugar, la única vía de acceso o salida hasta ahora, encontrada luego de recorrer el desconocido, tenebroso túnel, y tarde llegó a comprender, que posiblemente tendría que enfrentar la situación sola y sin recursos de ninguna índole. Por consiguiente,  la persona que todas las autoridades policiales buscaban, escaparía posiblemente del cerco por uno de los amplios tubos de ventilación que atravesaban la ahora desierta dependencia médica, o por algún vericueto no identificado en los planos del hospital que una hora antes sus compañeros y ella habían estudiado en el cuartel sin darle mucha importancia hasta ahora, y antes de  conocer sobre la desaparición de su amiga como por arte de magia en el mismo túnel que ahora ella misma había recorrido con el alma en vilo.

    Bueno, aunque le hubieran dado la importancia debida, nada se habría conseguido, pues ciertas alteraciones al diseño y remodelación de algunas edificaciones de oficinas del Mercy Hospital en los años 50 no se encontraban en los nuevos planos. Una oficial novata fue quien le dio la pista a seguir Allyson, y ella la había transmitido por radio minutos antes, solicitando refuerzos de emergencia mientras traspasaba el umbral de lo que posiblemente sería un infierno allá adentro si la asesina se hallaba agazapada en la oscuridad, lista para continuar asesinando a mansalva. Tomó aire nuevamente antes de continuar. Por lo menos ya había dejado atrás el túnel. Enfrente de ella se presentaban varios pasillos entrelazados, seguramente oficinas en el pasado pero que ya no se utilizaban luego de la clausura del sótano.

    El corazón les palpitaba a mil revoluciones por minuto, mientras notaba las gruesas gotas de sudor resbalando muy pesadamente sobre su rostro, ahora petrificado por el sonido escuchado segundos antes. ¿Estaría viva su compañera? ¿Sería ella misma la próxima en caer?

    Se agachó cuidadosamente, procurando no hacer el más mínimo ruido, y pegándose a la helada pared, avanzó despacio, pero resueltamente, dispuesta a todo con tal de proteger su vida y la de su amiga de la academia del FBI, si es que tenía la oportunidad de ayudar en algo. Apretó más el revólver calibre .38 que llevaba en la mano, descubriendo, sobresaltada, que temblaba sutilmente.

    Tan inmersa se hallaba en sus pensamientos, que no se percató de la sombra que venía lentamente acercándose hacia ella por la espalda. Llevaba un largo puñal acerado en su mano, dispuesto a penetrar la carne de la agente federal que caminaba enfrente.

    Sólo era cuestión de tiempo…

Capítulo 1 New Haven, semanas antes

Los dos estudiantes de escuela elemental disfrutaban como enajenados en el Louis Video Arcade, maniobrando ágilmente en los juegos electrónicos.

Tim y Marty estaban tan entretenidos en los mismos, que no se percataron que el tiempo había transcurrido vertiginosamente. Los demás niños no se encontraban por los alrededores del ya solitario lugar.

Llevaban tres horas jugando, luego de salir de la escuela.

Anochecía rápidamente en el exterior, pero Tim y Marty sólo veían ante ellos las luminosas imágenes multicolores de Lara Croft batallando contra el infame T-Rex del juego de video Tomb Raider.

Marty, el más responsable y regordete de los dos, miró de pronto su reloj, y dio un respingo al ver la hora.

  • ¡Rayos, Tim, nos van a matar en nuestras casas cuando lleguemos! Están a punto de dar las 6:00 de la tarde, y mamá dijo que estuviese preparado para cuando ella llegara.  Esta noche iremos a cenar a casa de sus jefes- exclamó asustado el niño, de tan sólo doce años de edad, mirando a su amigo.

  • ¡Vámonos entonces! ¡Yo también tengo que estar en mi casa a tiempo! – respondió nervioso el aludido, al fijarse en lo tarde que era.

Ambos salieron, tropezando, del negocio de juegos electrónicos hasta la calle, donde habían amarrado sus bicicletas al tubo destinado para estos fines.

Cada uno abrió rápidamente el candado que aseguraban las mismas.

  • ¡Mejor cortemos camino por el bosque, porque si nos vamos por la ruta habitual, no llegaremos a tiempo a nuestras casas! – propuso Tim a su amigo.

  • ¿Por ese bosque? ¡Ni soñarlo! – respondió tembloroso Marty.

  • ¡Nos vamos por ahí, o nuestras madres nos darán una paliza tal que no podremos sentarnos en varios días! ¡Tú decides! – le contestó Tim secamente. Su alargado rostro demostraba, en ese momento, la molestia que lo embargaba por la actitud pusilánime y asustadiza del gordinflón amigo de correrías.

  • ¡Está bien, tú ganas, pero no nos separemos! – aceptó Marty a regañadientes. Un día le daría una lección al pendejo de Tim. Luego, claro está, de que desarrollara un poco más los músculos. Todavía estaba creciendo. Ya era un adolescente. Bueno, le faltaba un poco.

  • ¡Hecho! Vamos entonces- respondió Tim, empezando a pedalear furiosamente.

Los dos niños salieron pedaleando sus bicicletas, cruzando la calle temerariamente, y enfilando hacia la entrada del bosque que tanto temor inspiraba en Marty.

East Rock Park.

El cementerio privado del Rompecorazones, el infame asesino en serie que había aterrorizado a la ciudad de New Haven en meses pasados, y que supuestamente había muerto ahogado, cuando el vehículo que conducía cayó por el precipicio en dirección mortal a las profundas aguas del río Quinnipiac, mientras era perseguido por la policía.

O por lo menos eso creían las autoridades, pues el cuerpo nunca llegó a salir a flote.

Mientras no apareciera el cuerpo, seguía vivo, en la mente de todos los habitantes de New Haven.

Tim no deseaba admitirlo, pero estaba tan asustado como su amigo.

Pero más lo asustaba la paliza que le propinarían si no regresaba a su casa antes de que oscureciera totalmente.

Así que, haciendo acopio de un valor que realmente no existía, se dispuso a entrar junto a Marty en el siniestro lugar.

  • ¿Sabes por dónde cruzar? – le preguntó Marty con renuencia al amigo, deteniendo su bicicleta bruscamente.

-Creo que sí- respondió Tim titubeante, pues nunca había entrado por ese lado del bosque.

  • ¿Crees, o sabes? – volvió a insistir Marty, al ver la visible indecisión de Tim.

-Sígueme- contestó solamente Tim, poniéndose al frente en su bicicleta.

Tendrían que tener mucho cuidado mientras pedaleaban sus bicicletas. Había llovido copiosamente en las últimas dos semanas, y el terreno se hallaba totalmente saturado de agua. En algunas partes que cruzaban, inclusive, parecían arenas movedizas lo que podían observar.

Una caída, bajo esas condiciones, podría provocar fácilmente una fractura en sus cuerpos.

En esos momentos no llovía, pero el suelo estaba mojado y resbaloso. Y la oscuridad que empezaba a invadir el lugar tampoco ayudaba a la visibilidad de los dos niños, que estaban tardíamente arrepentidos de haber tomado ese atajo.

Las ramas de los árboles se interponían peligrosamente en sus caminos, mientras ellos avanzaban con extremo cuidado.

El lodo que saltaba hacia arriba, mientras pedaleaban, salpicaba la ropa de los niños.

Llegarían tarde a sus respectivas casas, y asquerosos, para empeorar las cosas.

  • ¿Estás asustado? – le preguntó el tembloroso Marty a su amigo.

  • ¡Por supuesto que no! ¿Qué te has creído? ¿Acaso que soy una gallina como tú? – se burló Tim, tratando de hacerse el valiente.

-Si no lo estás, ¿por qué tiemblas tanto? – preguntó sarcásticamente Marty, observando atentamente a su amigo.

  • ¡No estoy temblando! – exclamó Tim bruscamente, sin poder contenerse-. Es el movimiento de la bicicleta.

  • Claro que sí, Terminator – volvió a comentar Marty, con ironía.

  • ¡Déjate de hablar tantas babosadas, y sigamos, antes de que nos quedemos totalmente a oscuras! – gruñó Tim, molesto cada vez más con su amigo.

Siguieron pedaleando, esta vez velozmente, cuando vieron un claro en el bosque que se les antojó un camino conocido.

Tim tomó esa ruta, seguido de Marty, que no cesaba de protestar.

Los dos niños bajaban por una cuesta bastante pronunciada, cuando Marty se detuvo bruscamente. Su amigo se percató de ello, frenando también su bicicleta.

  • ¿Qué te sucede? – le preguntó Tim, inquieto.

  • ¿No oyes? – preguntó Marty, con temor. Tim prestó atención, pero no escuchó nada.

-No escucho nada- respondió perplejo, al cabo de un rato.

-Exacto. No se oye nada, ni siquiera el aletear de los pájaros que habitan en este bosque, ni el ruido que producen los pequeños animales cuando se desplazan de un lado a otro- respondió Marty, más nervioso todavía de lo imaginado.

-No se oye ni el búho- habló esta vez Tim, asustado, compartiendo el temor de su   inseparable amigo.

  • ¡No sé por qué diablos tuve que hacerte caso! Era mejor irse por donde siempre nos vamos, y llegar un poco más tarde, que aventurarnos casi de noche por un camino que no conocemos muy bien. ¡Creo que estamos perdidos! – se lamentó Marty, a punto de echarse a llorar. Tim no dijo nada. Era verdad que estaban perdidos, pero él siempre se había distinguido entre los niños escuchas por encontrar el camino de regreso en los bosques donde acampaban, y esta vez, no sería la excepción. Estaba en juego su reputación.

Sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña brújula que llevaba siempre consigo, y luego de consultar unos segundos con ella, pues ya difícilmente se veía por la oscuridad que reinaba en el tenebroso bosque, tomó una decisión.

-Tienes razón. Nos desviamos un poco. Sólo tenemos que girar un par de grados hacia el norte para volver al camino correcto. Démonos prisa, antes de que no podamos orientarnos por la oscuridad de la noche- aconsejó Tim a Marty, que estaba completamente asustado ante la perspectiva de no poder salir de ese laberinto verde que los rodeaba por todos lados. Casi sentía a Freddy Krueger y sus engarfiados dedos de acero respirando encima de él. Las ramas de los árboles parecían brazos humanos, que aguardaban con ansias sangrientas, para apresarlos y triturarlos hasta romperle los huesos. Un terror sobrenatural paralizaba el cuerpo de Marty, y no podía moverse.

  • ¡Mueve ese culo, antes de que te obligue a ello! – le gritó Tim a su amigo, tratando de que reaccionara. Marty se recuperó momentáneamente, y empezó a pedalear detrás de su amigo, que enfiló entonces por una ruta distinta a la que hasta entonces habían venido siguiendo. Marty tropezó entonces con un bulto, y cayó de bruces al suelo, con todo y bicicleta.

  • ¡Ay! – gritó Marty, al sentir el impacto de la tierra contra su rollizo cuerpo.

Tim lo oyó claramente, y regresó apresuradamente para ayudar al amigo.

Cuando llegó junto a él, Marty estaba quejándose, con sus dos manos agarrándose las rodillas, que lucían un poco sangrantes por las heridas producidas por las piedrecillas del terreno al caerse. Tim se arrodilló a su lado, y observó muy de cerca las mismas. ¿Estás bien? ¡No seas tan llorón y marica, y levántate, a no ser que te quieras quedar a pasar aquí la noche! – lo asustó Tim, agarrando a Marty por los brazos, y ayudándolo a ponerse en pie.

Mientras Tim lo sostenía para levantarlo, se quedó mirando algo que le llamó poderosamente la atención, y que estaba situado justo a las espaldas de Marty.

Marty ya se había puesto en pie, quejándose aún, cuando se fijó al fin en el repentinamente cadavérico rostro de Tim, que lucía estupefacto enfrente de él.

  • ¿Qué rayos te sucede? – preguntó Marty asustado-. ¡Parece como si hubieras visto un fantasma!

  • ¡Mi..ra de…de…trás de ti! – le indicó Tim, temblándole la voz ostensiblemente.

Marty se dio la vuelta, creyendo que era una broma, y lo que vio lo dejó aterrado por completo. ¡Algo, horrorosamente impactante, y que parecía un cuerpo humano en avanzado estado de descomposición, sobresalía de entre la tierra desplazada por la lluvia caída durante esos días! Tim y Marty echaron a correr gritando como almas que lleva el diablo, olvidándose por completo de sus bicicletas.

Atrás quedaba el putrefacto, y en ese momento, aún desconocido cadáver, como una víctima más del siniestro bosque que no apetecía descansar en su mortal encomienda.

1984, en un remoto pueblo del área de Nueva Inglaterra, Estados Unidos.   

Los fugaces centelleos descendían inclementes sobre la llanura, iluminando la humilde residencia de madera y zinc en sus contornos. El retumbar de los truenos lograba estremecer los corazones de los vecinos de aquel alejado poblado, pero no en la morada.

En su interior, un imborrable suceso acababa de ocurrir. La muerte, días antes, de una mujer, y el nacimiento, por consiguiente, de un monstruo despiadado en busca de venganza contra la sociedad.

La espigada niña de cabello negro como la noche, miraba con desconsuelo las viejas fotos del álbum familiar en las que se encontraba retratada junto con su mamá. Su alma rebelde y lastimada gemía de rabia contra todo lo supuestamente divino por haberla arrancado prematuramente de su reducido universo. A pesar de que ya no era propiamente una niña, y de que poseía inteligencia superior al promedio, le costaba asimilar la triste realidad de la muerte. Especialmente la de ella, la madre que siempre estuvo en las buenas y en las malas, cobijándola tiernamente a la hora de dormir con su gran amor.

Una de sus tías trató de abrazarle para consolarla. Ella rechazó con un brusco gesto la buena intención. Siguió observando una a una las fotografías, sin decir nada.

¿Sería feliz su madre ahora? ¿Existiría esa fantasía abstracta que pregonaban los fanáticos de la iglesia cercana llamada cielo? Lo dudaba. No podía existir algo tan hermoso cuando permitía que su madre se fuera, enfrente de sus ojos. Definitivamente, no existía Dios. Renegaba con todas sus fuerzas de tal creencia.

-Yo aliviaré el sufrimiento, aunque todavía no sé cómo- juró en voz baja, con el rostro cubierto por las lágrimas que resbalaban sin control por sus pálidas mejillas.

Se paró firmemente enfrente de la cama vacía donde había fallecido la autora de sus días, y la miró por última vez. Su voz se quebró al hablar de nuevo. Un dolor desgarrador laceraba su alma. Ya no era la niña inocente que creía ciegamente en cuentos de hadas.

-Me harás mucha falta, mamá- dijo solemnemente, como si fuera una persona adulta, en medio del silencio imponente de la habitación. Se comportaba siempre como tal, como una persona mayor, pues la vida le había enseñado su lado cruel desde temprano. Nunca llegó a conocer a su padre. Tampoco le interesó mucho, pero a veces añoraba ese calor paternal que veía en los padres de sus compañeros de clases cuando éstos llevaban a sus hijos a la escuela. Su refugio eran los libros, pues le permitían descubrir horizontes nuevos que siempre le estuvieron vedados. El aliciente de una buena lectura, junto con su madre, era todo lo que tenía. Hasta ahora, pues la vida seguía ensañándose con ella.

-Mucha falta…-repitió en un susurro la niña.

Su tía permaneció callada. Tampoco esperaba nada de ninguna de ellas, las hermanas de su madre, y por consiguiente tías suyas. Añadió:

  • Jamás podré creer en Dios.

Afuera, un trueno ensordecedor fue la respuesta del cielo a sus blasfemas palabras. La furia de la naturaleza había sido testigo del rechazo a Dios por una niña de tan sólo diez años de edad. Una lágrima solitaria resbaló por la mejilla de su tía al escucharla. La rueda nefasta e imparable del destino acababa de ponerse en marcha, mientras la ineludible muerte, con su insolente rostro revestido de paciencia, reía a carcajadas en algún recóndito lugar. Nada, ni nadie, podría contenerla…

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