Capítulos Gratuitos Susurros Mortales El Comienzo

Prólogo

La noche era hermosa.

La luz de la luna iluminaba completamente el bosque, otorgándole un aspecto irreal, fantasmagórico, como la vieja estampa de un cuento de terror.

Había un silencio total.

O casi.

Sólo se oía el canto constante de un búho solitario, como si con él, quisiese prevenir a los pequeños habitantes del bosque, del peligro inminente que se aproximaba a pasos agigantados.

Súbitamente, una frágil figura de mujer irrumpió violentamente en la quietud de la noche.

“No puedo más,” pensó angustiada.

Venía corriendo desesperadamente entre la tupida vegetación, desgarrándose violentamente la ropa que llevaba puesta, hiriendo su piel con las ramas de los árboles, que le hablan dejado el rostro y los brazos completamente ensangrentados, cada vez que se internaba a través de los arbustos, aprovechando cada atajo en el camino que podía encontrar o ver.

Pero no sabía dónde se hallaba.

No distinguía absolutamente nada.

Sólo un pequeño rayo de luna iluminaba el sitio donde había parado de correr.

Miró en todas direcciones, buscando inútilmente algo, una luz, un sonido, que la pudiese orientar.

Estaba confundida, totalmente perdida en un mundo que no conocía, tratando de alejarse cada vez más del sanguinario ser que la acechaba, del monstruo que la quería hundir en el abismo.

Su corazón latía descontroladamente. Trataba en vano de serenarse, de ordenar sus ideas, de encontrar una salida.

Lágrimas de impotencia, de verdadero terror, bajaban a raudales por sus mejillas, y no podía controlar el temblor desenfrenado de su cuerpo, que luchaba por sobrevivir, por escapar del infierno.

Tenía que hacerlo, intentarlo al menos.

Debía, primero que nada, olvidarse del pánico que le agarrotaba los miembros. No podía permitir que él la derrotara, que la venciera al final.

Pudo escapar una vez. Lo haría de nuevo.

  • ¡Dios mío, ayúdame, te lo pido con las pocas fuerzas que me restan! No dejes que me atrape, una vez me salvaste; ¡hazlo de nuevo, Señor!  – pidió con todo su corazón.

Su cuerpo se negó a dar un paso más. Estaba cansada de tanto huir. Tenía que descansar, aunque fuera un instante, para reponer sus energías, seguir huyendo, conservar la vida que le querían arrebatar.

Trató de percibir algún sonido.

Nada.

Un silencio sepulcral invadía la noche.

Hasta el búho había enmudecido.

  • ¡Señor, permite que lo haya perdido! ¡Dame una oportunidad de poder reparar en algo el mal que un día le hice!  – imploró angustiada, mirando hacia lo alto.

Pero quién la perseguía no pensaba en darle una segunda oportunidad.

Era el momento esperado por largos años, la hora de ajustar cuentas.

Un ligero ruido, casi imperceptible al oído humano, hizo que todo su cuerpo se envarara, preso de una gran tensión, y nuevamente, su corazón se disparó a niveles insospechados.

Poco a poco, se fue volviendo para mirar.

Para enfrentarse de una vez y por todas con el asesino que la perseguía en sueños desde niña.

Algo, o alguien, emergía de entre la maleza. Una sombra que le pareció conocida.

Lentamente, se fue acercando a ella.

La poca luz de la luna que había, alcanzaba a arrancar destellos metálicos de algo que blandía en su mano derecha.

La fría hoja de metal que destrozaría su cuerpo, se preparaba para el capítulo final.

Y ella era la elegida.

Fue doblando sus rodillas. Ya no lucharía más.

Sabía que no habría clemencia para ella.

Un grito desgarrador, infrahumano, brotó de su garganta, cuando al fin pudo ver su rostro, el que recordaba de niña, el que sabía que algún día volvería a ver.

Y entonces, se hundió en el abismo insondable de la inconsciencia.

Ya no sintió nada más…

 

1980

Margaret era muy hermosa.

Atractiva, dinámica, estudiante sobresaliente, ese año electa presidenta de su clase. El tipo de muchacha de la que todo padre estaría orgulloso.

Su brillante pelo negro enmarcaba un rostro agraciado, donde sus expresivos ojos castaños, hablaban de la mujer preciosa que un día sería cuando creciera.

Esa noche, que no podría olvidar jamás, había salido de su hogar para estudiar con Sheila, su mejor amiga y compañera de clase, en la casa de ella, aprovechando la tranquilidad existente en esa velada, pues los padres de su amiga cumplían ese día otro aniversario de bodas, y lo iban a celebrar como siempre lo hacían todos los años: con una cena en el restaurante más exclusivo de la ciudad próxima y la visita acostumbrada, luego de cenar, al cine de la localidad, para disfrutar del último estreno cinematográfico.

Se encontraban las dos solas en el cuarto familiar que los padres de Sheila habían construido en la parte posterior de la residencia.

Margaret, o Margie, como cariñosamente la llamaban, observaba a su amiga, la más sincera y buena que tenía, y se preguntaba, sonriendo, la cantidad de chicos que andarían como moscas detrás de ella, pues una rubia guapa, casi adolescente, con unos atrayentes ojos azules, dentro de un cuerpo atractivo a su corta edad, siempre despertaba los instintos animales de cualquier mozalbete en vísperas de convertirse en hombre. La temperatura exterior estaba fría, muy fría, en esa oscura noche del mes de marzo, y ambas se habían abrigado bien, lo cual no fue impedimento para encender la calefacción del cuarto familiar, que estaba aledaño a la casa, pues lo construyeron para que resultara independiente de la misma.

  • ¿Todavía te molesta… tú sabes, este muchacho, el hijo del.…? – preguntó Sheila a su amiga.

-No se rinde el muy cabeciduro. Ha tratado mil veces de agradarme, en cualquier forma, y le sigo repitiendo que no me interesa su amistad, y aún así insiste. –  respondió Margie sumamente molesta.

  • ¿Por qué no se los dices a tus papás? – volvió a preguntar Sheila.

-Porque no deseo preocuparlos. Además, ya se cansará el muy estúpido de andar fastidiándome, y se fijará en otra chica que le haga caso, que le guste él. –  añadió Margie

  • ¿Qué le guste? ¡Estás loquita! Lo has visto bien, y tienes que reconocer que no es muy atractivo que digamos, con esos espejuelos de cristales gruesos como botellas, que le ocultan casi todo el rostro. – aseguró Sheila burlona.

-Además, es torpe, no sabe ni hablar cuando se encuentra frente a ti, y para colmo, cuando por fin se decide, tartamudea tanto el infeliz, que da pena. –  agregó.

  • ¿Has visto el otro día? Butch le arrojó el almuerzo que se había servido al piso de la cafetería de la escuela, y el pobrecillo fue el hazmerreír de todos, y fue tanta la frustración y rabia que sentía, que no pudo articular una sola palabra. Se limitó a mirar a todos de esa manera tan extraña que tiene, como si estuviera vacío por dentro. – comentó Margie.

-Si le hubiese llegado a decir algo a Butch, con todo y espejuelos, le hubiera partido la cara. Acuérdate de que es el capitán del equipo de football, y no iba a permitir que el payaso de la escuela le respondiese. – aseguró Sheila con admiración, al recordar el muchacho por el que suspiraba.

-Aparte de todo lo que hemos conversado, parece sumamente inteligente, o por lo menos eso aseguran los maestros de la escuela. – comentó Margie.

  • ¡Y quién quiere un muchachito inteligente, tan atractivo como el primer día de la menstruación todos los meses, cuando hay tantos chicos altos, guapos, y apetitosos, hum!! – respondió Sheila, haciendo ruiditos con la boca.

-Bueno, tú dirás lo que te plazca, pero, al fin y al cabo, siento verdadera lástima por él, porque lo encuentro tan insignificante, tan poca cosa, que pienso que no llegara a ser nadie en la vida, te lo puedo asegurar. – afirmó convencida Margie.

  • ¿Te has fijado?

  • ¿En qué?

  • ¿En la forma en que a veces se te queda mirando? – preguntó Sheila.

-Es realmente… siniestro, ¿sabes.?

-Le da a una un poquito de temor, miedo, no sé…, como si fuera alguien distinto, raro.

  • ¡Verdaderamente me asusta! – reconoció Sheila temblorosa.

  • ¡Eres una tonta!! Desde que viste en el cine aquella vez “Halloween”, la película que protagonizaba Jamie Lee Curtis, todavía sueñas que “Michael Myers” te persigue por toda la casa con un cuchillo gigantesco.! – se burló Margie.

  • ¡Sigue burlándote, pero te juro que ese chico es realmente atemorizante!! – respondió molesta Sheila.

-Dejemos el tema, o realmente voy a terminar creyendo que el asesino de “Halloween” va a venir por nosotras esta noche, y nos va a estrangular, descuartizar, o pasarnos un cuchillo de lado a lado. – siguió burlándose Margie.

-Hablando de eso, ¿te acuerdas si cuando entraste cerré la puerta por dentro.? – preguntó Sheila seriamente.

-No te preocupes, que cuando fuiste a buscar los refrescos, verifiqué todas las puertas y ventanas de tu casa, menos la del sótano, pues no encontré el interruptor de la luz, y estaban todas cerradas. – afirmó Margie.

-La luz del sótano no funciona bien desde hace días, y papá no ha tenido tiempo de arreglarla. – confesó Sheila.

  • ¡Espero que “Michael Myers” no se atreva a entrar por ahí esta noche, porque las ratas gigantescas que hay abajo, se lo comerán de postre! – le contestó Margie muerta de la risa, contagiando a su amiga.

  • ¡Muy graciosa, niña, muy graciosa.!

Estaban las dos tomando un sorbo del refresco que Sheila había traído del refrigerador de la cocina, arrellanadas en unos mullidos y cómodos sillones del cuarto familiar.

Era una habitación regular en tamaño, con par de sillones, y un sofá extremadamente cómodo, que invitaba a dormir en él, rodeado de una biblioteca de pared a pared, un escritorio pequeño, y lo más importante: un televisor a colores de diecinueve pulgadas recién comprada.

Comunicaba a la casa por un estrecho pasillo alfombrado, lleno de retratos familiares.

Tenía el cuarto familiar una ventana, que daba a la parte posterior de la residencia, donde estaba localizado un garaje para dos autos, la barbacoa donde asaban hamburguesas en las calurosas noches de verano, y un cuarto para almacenar la máquina de cortar pasto.

La casa habitada, más cercana a ellas, se encontraba bastante alejada, pues entre las residencias se encontraba una verja de madera, que protegía un solar vacío que habían comprado un matrimonio del pueblo, que todavía no pensaban en construir, pues tenían un chalet cerca

-En verdad que hace bastante frío afuera; no sé aún como te aventuraste a salir en una noche así. Hasta es posible, según el informe del tiempo, que caiga nieve más tarde en la noche. – comentó Sheila.

-Sabes que mañana es el examen de ciencias, y debemos de estudiar. Si no, me hubiese quedado para ver por televisión algún capítulo de la “Isla de la Fantasía.”- contestó Margie.

-! Qué gracioso cuando sale el enanito “Tattoo” gritando: el avión, el avión, cada vez que se aproxima uno.! – comentó Sheila al recordar al personaje que encarnaba Herve Villecheize, el compañero de Ricardo Montalbán en la serie.

-Por lo menos “Tattoo” es agradable y muy simpático, todo lo contrario de nuestro querido amiguito. – siguió insistiendo Sheila, para molestar a su amiga.

-Por favor, no hablemos más de eso. – pidió Margie.

-Okay, pero no digas después que no te lo advertí.

-No lo haré.

-Veamos, el examen es del tema del.… corazón, ¿correcto.? – preguntó Sheila.

-Correcto.

-Bien. Según el libro de texto, ¿qué es el corazón.? – inquirió Sheila.

-Es un órgano muscular hueco, que contrayéndose y relajándose rítmicamente, asegura, a modo de bomba, el movimiento de la sangre por los vasos del aparato circulatorio, encontrándose entre ellos las arterias, capilares y venas. – respondió Margie muy sonriente.

-Muy bien, señorita, muy bien. Y dígame, ¿que lo defiende.?

-Eso lo sé también. Una especie de jaula torácica, que lo protege a modo de escudo.

  • ¿Pero puede sufrir heridas, no es cierto?

-Sí, puede sufrir diversos traumatismos, sobre todo heridas, ya sea por armas de fuego o cortantes.

  • ¡Y también si Butch no me invita el fin de semana para ir al cine, se me puede partir el corazón! – dijo riéndose Sheila.

  • ¡No seas ridícula, sabes que jamás te va a invitar! Eres demasiado lista para él, y a los chicos de hoy en día no les agrada nadie, por más linda que sea, que sepa el nombre científico de lo que ellos tienen entre las piernas.

-Y apuesto a que tú sí sabes lo que tienen, sabelotodo.

-! Déjame primero buscar en el diccionario.! – respondió Margie, y ambas estallaron en carcajadas.

*****

La noche era fría y oscura. Calaba hasta los huesos. Sentía congelarse cada uno de sus miembros, pero no podía dejar de admirar a Margie, observando y escuchándola a través de la ventana del cuarto familiar que daba al patio posterior de la residencia.

Se recreaba en su hermoso rostro, en el sedoso pelo negro que le caía sobre los hombros, tan blancos y tersos como la piel de su cara, adornada por los ojos más bonitos que hubiera visto en su corta vida, pero sufrida vida. Ojos castaños, hechiceros, chispeantes de vida y alegría.

“Es perfecta,” pensó.

Tendría que ser para él. Mientras viviera, no permitiría que ningún hombre la poseyera. Esas facciones tan bellas, la delicadeza de cada línea de su cuerpo, ese suave olor que se desprendía de ella al caminar, serian solo para él. Jamás consentiría que otra mirada se hundiera en esos ojos, tan profundos y cautivadores como un cuadro de Miguel Ángel.

Estaba furioso, fuera de sí. No podía ordenar sus pensamientos.

Había escuchado parte de lo que hablaron las dos perras, pues se oía bastante bien, aunque no tanto, lo que estaban conversando.

Escuchó las burlas referentes a él.

Se sentía humillado, en lo más profundo de su ser.

La amaba, sí, con todo su corazón, pero eso no le daba derecho a reírse de él, de hacer bromas con los sentimientos que nacían en su alma hacia ella.

Se tuvo que fijar en la que, entre todas, jamás le haría caso.

La adoraba, y él no tenía la culpa de ser quién era, ni como era. Decidió que ya tenía suficiente.

Estaba hastiado, cansado de su rechazo, de la forma despectiva en que lo miraba de arriba hacia abajo, curvando sus labios en una mueca burlona, cada vez que observaba sus humildes ropas, dándole a entender que él no era nadie, ni lo sería nunca.

“Soy mucho para ti, búscate una de tu categoría. No sueñes con estrellas inalcanzables, pues por más que extiendas tus manos, jamás me podrás tocar, pues soy prohibida para ti,” parecían decir sus ojos cuando lo miraban.

-Te tocaré siempre que lo deseé, mi amor, cuando me apetezca, por el resto de mis días.

De pronto, algo en su interior comenzó a cambiar, algo que no podía describir.

Era como si todo de pronto tuviera un propósito, como si al fin toda su vida encontrara una razón de ser.

Sentía que todo lo bueno, lo puro de su alma, estuviese muriendo en ese preciso instante, lentamente, como si años de vejaciones llegaran a su fin, dando paso en él a algo nuevo, poderoso, una sensación de omnipotencia que no podía definir.

Como si tuviese la vida y la muerte en sus manos. Como un Dios.

Lágrimas empezaron a bajar por su rostro. Lágrimas de rabia, de frustración, de infinito dolor, que borraron en un minuto todo lo limpio de su corazón.

Sabía, muy dentro de él, que serían las últimas que derramaría por algo o por alguien; la última vez que sería débil, que amaría a alguien.

Nadie lo había querido nunca, así que él tampoco lo haría.

La maldad se había apoderado para siempre de su alma, y en vez del amor puro y cristalino que llegó a sentir por Margie, nacía en su interior el más profundo odio que ningún humano hubiese podido conocer. La furia terrorífica de un loco, el odio intenso de un asesino.

Un asesino al acecho de su primera presa…

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