La vida que perdí Peter R. Vergara Ramírez —autor

La vida que perdí   

 

¿En qué momento perdí la ilusión? ¿En cuál capítulo de mi existencia despierto una mañana con deseos de morir? ¿Cómo fue que llegué hasta aquí, mustio como una hoja, derrotado como un vendaval sin vientos?

Mirando hacia el pasado que moldeó mi caminar, y atisbando un poco en el mismo, aún no sé en qué minuto desperdicié las ilusiones que llevaba arraigadas en mi corazón para convertirme en lo que soy hoy: nada.

¿Fueron acaso los gritos destemplados de mis padres cuando discutían? ¿Quizás los regaños inmerecidos cada vez que hacía algo bueno y no me felicitaban? ¿O posiblemente, el llanto escondido en la noche por no saber qué hacer con mi vida?

Tantas interrogantes; ninguna respuesta.

Era un niño inteligente, despierto, tímido, agradable, buen amigo e hijo, pues, un poco malcriado, lo admito, pero quien no lo es cuando vive en un hogar donde las palabras altisonantes y violencia verbal son la orden del día. Era un niño normal, si se le puede llamar normal el correr a esconderse cuando tus padres te buscaban impacientes por toda la casa para descargar su cinturón sobre tus espaldas.

Bueno, eso sí era normal y corriente en los tiempos de antes, cuando la bofetada o el cinturón eran los instrumentos del padre para disciplinarnos cuando nos portábamos mal, y a veces hasta cuando nos comportábamos casi perfectamente bien.

Lo importante era la disciplina, y lo que eso significaba en el núcleo familiar.

Quien la ejerciera era lo de menos, si finalmente el resultado no variaba.

Uno llorando a moco tendido corriendo a refugiarse en los brazos del abuelo condescendiente que todo lo justificaba y perdonaba, aunque no lo mereciéramos.

Un ratito después nos olvidábamos de todo, y a seguir entonces con nuestra casi perfecta vida normal.

Volviendo al presente, qué tristeza recordar ese tiempo de niños, y qué duro para mí el pensar que posiblemente en uno de esos días, quizás alegre, posiblemente no tan alegre, fue que paulatinamente empezó el largo viaje sin retorno hasta el abismo sin escapatoria de mis sueños truncos.

Fue una etapa, no obstante, bonita, pues lo tenía todo. Todo significaba los caprichos que como niño-joven tenía, mis padres me los satisfacían, en su mayor parte, pues para algunos, simplemente, un no era la respuesta obligada.

No soy feliz.

Al menos eso creo.

No puedo ser feliz cuando siento una tristeza perenne arraigada fuertemente a mi corazón.

Ni cuando observo la vida pasar enfrente y no siento alegría por la misma.

Ni una sonrisa.

Ni una carcajada.

Nada.

Un corazón seco.

Una lágrima que pugna por liberarse y no puede.

Porque no existe.

Nunca existió.

Fueron borradas de mi ser el día en que nací.

Segadas completamente, sin un vestigio de renacimiento futuro.

Sin una esperanza.

Sin una ilusión.

Ya no existe en mi ese afán, esa fuerza interior que quizás tuve y no viví.

Tampoco la extraño, porque no se recuerda lo que jamás existió.

O quizás sí, pero fue muriendo con los años.

No lo sé, ni me interesa.

Únicamente me importa el seguir respirando, minuto a minuto, hora a hora, día a día, porque es lo que mantiene mi mente cuerda, aunque no exista una pequeña ilusión de vida.

No despierto por las mañanas con ánimos de luchar.

Abro mis ojos al amanecer de otro día igual que el anterior.

La misma rutina.

La misma gente.

El mismo trabajo.

El mismo desdén por existir que me agobia, y que no piensa marcharse por lo que veo.

También la misma hipocresía de los demás cuando te saludan, y que por cortesía aceptas y saludas a la vez.

¿Quién es más falso? ¿El que saluda, aunque no lo sienta? ¿O el que saluda a su vez, aunque la otra persona sea insoportable para él?

Una de las preguntas sin respuesta que, sinceramente, me da lo mismo si algún día alguien ilumina mi espíritu con la respuesta adecuada a este dilema existencial. Son interrogantes que enfrentamos diariamente, pero que no interrumpe nuestro sueño en la noche.

Parece que hoy enfrento mi día con mucha tristeza, porque observando en la pantalla de mi ordenador todo lo que he escrito en estas breves líneas, pareciera que estoy prácticamente al borde del suicidio.

Nada más lejos de la realidad.

El que me levante una mañana con tristeza, recordando los episodios del pasado que posiblemente influyeron un poco en mi vida del presente, y que derrame una lágrima al acordarme, no significa que he perdido mi vida, ni que no amerite vivirla, aunque sea un paso a la vez.

El pasado muchas veces duele, y cincela tu personalidad hasta el presente, pero significa nada cuando se anhela vivir a plenitud, ni tampoco significa que me voy a echar a morir porque mis padres o alguna otra persona en mis recuerdos haya sido lo contrario de lo que yo esperaba.

No.

La vida se compone de muchas etapas. Unas buenas, otras no tanto.

Existe un momento para reír, y otro para llorar.

Lloré en su minuto por lo que no pudo ser, y también por el dolor de algunos episodios que quebraron mi alma, pero no mi existencia plena, y que me fortalecieron en medio de la tormenta para soportar los ciclones del presente y del futuro.

No se pierde una vida cuando ella te enseña a vivirla, poco a poco, sin apresurarse, sin dudas; sin arrepentimientos.

No desperdiciamos nuestra existencia cuando aprendemos del dolor, y no cometemos los mismos errores del pasado.

¿De qué vale vivir, si no lloramos?

Una lágrima, o muchas, en el instante apropiado, puede revivir una historia, la de nuestras vidas, y no se rechaza, porque limpia el corazón y el alma de los embates del destino que en ocasiones hace flaquear la fuerza que todos poseemos, pero que pocas veces utilizamos para salir adelante y triunfar con la alegría de vivir que cada ser humano merece tener.

La vida que perdí.

Bonito título.

Pero se oye mejor la vida que he ganado al seguir el mandato de mi corazón y derrotar la tristeza y el dolor que llevaba a cuestas como una pesada carga atenazando el espíritu inquebrantable que poseo para salir airoso de cualquier adversidad que se atreva a cruzarme en mi camino.

No he llegado hoy hasta aquí para rendirme. Jamás.

Estoy aquí para quedarme, y decirle al universo entero que no he perdido mi vida, porque en este mismo instante comienzo a vivirla a plenitud, sin remordimientos, sin dudas, porque yo merezco ser feliz, y nada ni nadie me detendrá en la ruta ya trazada de antemano por el destino.

No he perdido mi vida.

Ahora es que voy a vivirla…

 

@Derechos Reservados 2017. Se prohíbe la reproducción total o parcial de este escrito sin el consentimiento expreso del autor Peter R. Vergara Ramírez.

 

Terror puro, el comienzo… Susurros Mortales

El nacimiento de mi primera novela, Susurros Mortales.

Recordando, pues siempre es bueno hacerlo, sean positivas o negativas las memorias que ello encierra, no pude evitar el rememorar esos pasos iniciales antes de comenzar a escribir mi primera novela, Susurros Mortales, o Deadly Whispers, como originalmente salió publicada allá por el 2001 en Estados Unidos.

El nacimiento de la saga, que espero concluir para el 2017 una vez haya terminado unos proyectos que están actualmente en proceso, pero ya eso es otra historia.

Recuerdo que estaba sentado en la sala de mi hogar de Manatí, Puerto Rico, una tarde del verano del 2000, solo, cabizbajo, pensativo, triste por demás, pues en pocos días viajaría a la ciudad de New Haven, Connecticut, para encontrarme con mi madre Elsie, ya diagnosticada con cáncer de pulmón, y en vías de comenzar su tratamiento contra el mismo en el New Haven-Yale Hospital, a pocos pasos de la residencia de mi hermana Yolanda, donde mi madre habitaba en esos momentos.

Pensaba: ¿Qué pasará con mami? ¿Saldrá bien o no? Si ella moría, ¿podría superar ese dolor de perderla? Yo adoraba a mi madre, en ocasiones difícil de tratar, pero luchadora y amorosa con sus hijos, y con una voluntad inquebrantable para seguir adelante a pesar de las circunstancias. No era quizás una madre perfecta, pero para nosotros lo era. Y no quería dejarla abandonada en esos instantes cuando más nos necesitaba. Por eso viajaba hacia New Haven, para cuidarla y acompañarla.

Mientras mi alma y corazón volaban hacia ella y su enfermedad en esa tarde, también pensé en que yo no tenía nada en mi vida en ese momento que me permitiera aportar, aunque fuera poco al tratamiento y recuperación posterior de mi querida madre. Me encontraba desempleado, sin un centavo en los bolsillos, y desilusionado con el giro que mi existencia había tomado en los últimos tiempos. En pocas palabras, con un down o depresión terrible, a punto de tomar una decisión irremediable, pues ya el mundo bonito como yo anhelaba desde niño, ya no tenía sentido para mí. Nada me alegraba, nada me rescataba del abismo oscuro en que estaba sumergido hasta el fondo. Había perdido mis sueños, mis metas, mis deseos de ser alguien, de sobresalir, de poder dejar un legado para generaciones futuras, en fin, de muchas cosas que se perdieron en el camino, y que nunca recuperaría.

Entonces, para ahuyentar todos esos demonios, y no pensar más en ellos, reparé en una pequeña libreta de apuntes que se encontraba en una mesa al lado mío, y la tomé.

La abrí, y me dije:

—Voy a escribir algo.

¿Pero qué?

—Una novela.

¿Y cómo diablos, si nunca lo había hecho?

Pero comencé, que es lo primero que debe hacer cualquier ser humano si desea superar la vida y sus obstáculos.

Recordé muchos libros leídos, novelas, ensayos; todo. La forma de escribir, desarrollar, personajes, diálogos, contenido importante, la trama y sus vericuetos literarios, en fin, todo de lo que se componía la redacción de un escrito, en este caso, una novela de ficción sobre un asesino en serie y los consiguientes esfuerzos de las fuerzas policiales para atraparlo antes de que siguiera asesinando personas inocentes.

Poco a poco la pensé y le di vida a mi primera novela. En esos primeros días mi mano volaba encima de la libreta de apuntes, escribía, borraba, tachaba, arrancaba la página si no me gustaba, la volvía a escribir, hasta que llegué a New Haven. Allí entonces la desarrollé completamente, estudié la historia de la ciudad, sus lugares históricos, su trayectoria, calles, ausculté libros enteros y artículos de índole policial e investigativa, procedimientos del FBI, ciencias forenses y sus distintas ramas, y lo más importante, el estudio de los asesinos en serie y sus categorías, los motivos por los que asesinaban, su modus operandi, sus trofeos, sus personalidades, y también la criminología y criminalística de laboratorio y de campo en las escenas criminales. Muchas cosas de las que me tuve que empapar para escribir correctamente y documentar apropiadamente esta novela inicial.

Luego de llegar a un punto culminante, alrededor de la página 140 más o menos, me quedé en blanco. Totalmente. Se me habían acabado las ideas, el teclado de la computadora cogió polvo por su falta de uso. No sabía qué más escribir, cómo continuar.

Así estuve semanas, desorientado, bloqueado, mientras cuidaba a mi madre y la llevaba a sus sesiones de quimioterapia, y veía cómo poco a poco su rostro adquiría color y vida por el tratamiento en sí, y quizás la incipiente esperanza de que al final, mami podría superar el dolor y vivir plenamente o por lo menos a medio pocillo para beneplácito y alegría de todos, situación que un tiempo después descubrimos que no iba a ser posible, cuando su organismo comenzó a rechazar el veneno que le introducían a su cuerpo, y los médicos decidieron descontinuar el tratamiento por la falta de avances en la condición cancerosa de mi madre.

Una tarde, regresando a la casa de mi hermana, subí a mi cuarto a dormir un rato.

Al tirarme en la cama cerré mis ojos.

Visualicé la novela enteramente. Principio, contenido y final, los capítulos que restaban, y el final. En cuestión de cinco minutos, sinceramente, en mi imaginación, que salió a rescatarme cuando ya no albergaba la esperanza de poder culminar el proyecto favorablemente. Increíble, pero cierto.

Abrí mis ojos, me levanté de la cama, y corrí hacia la computadora. Empecé a escribir como loco, aprovechando esa oleada de ideas que asaltaron mi mente, y a los pocos días la terminé. La revisé, la corregí, volví a cambiarle muchas escenas y diálogos, y la sometí a un par de editoriales en Estados Unidos, donde semanas después recibí la notificación de parte de una de ellas de que estaban interesados para publicarla, por lo que decidimos presentarla en inglés, labor titánica en la que mi hermana Yolanda tuvo la encomienda de traducirla completamente con excelencia, y luego comenzar el arduo proceso de revisión de contexto literario y preparación para imprimirlo meses después en el 2001, poco antes de mi madre fallecer, y dejarme destrozado al igual que al resto de la familia.

No tengo que explicar la alegría inmensa que sentí al recibir la aprobación y luego contrato con la editorial, y el sentimiento inconfundible que acompaña a cualquier ser humano cuando es bendecido por Dios. Una sensación de bienestar y felicidad que arropa tu cuerpo de la cabeza a los pies, y que te hace flotar por las nubes.

Perdí a mi madre meses después, y aún me duele el recordarlo, muchísimo, pero siempre he pensado que cuando perdemos algo en nuestras vidas, una bendición y una puerta se abren un poquito más adelante para compensarnos por ese dolor. Compensarnos, no olvidarlo, pues cuando se quiere de verdad, especialmente a una madre que lo dio todo por su familia, eso no se puede enterrar en un rincón lejano de nuestra mente o corazón. Es un sentimiento hermoso que nos acompañará hasta que muramos y nos volvamos a encontrar en un lugar mejor. Por lo menos, eso espero, encontrarnos de nuevo, y para siempre.

Esta fue la breve historia del nacimiento de la saga de Susurros Mortales, que sé es excelente en su historia, y que dio comienzo a mi inquietud de llegar al mundo entero con mis escritos, y dejar mi hermoso legado para generaciones presentes y futuras. Mi destino ya está trazado de antemano por Dios, y las bendiciones que restan vienen en camino.

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Cuando la vida te pone a prueba…

Cuando la vida te pone a prueba…
(Primero de algunos capítulos de mis libros que pondré regularmente en Facebook y otros lugares para disfrute del lector)

Cuando la vida te pone a prueba ¿Eres de los que abandonan cuando las cosas se ponen difíciles? ¿Cuándo nadie te da la mano? ¿Cuándo estás a punto de echarte al suelo a lamentarte por lo que pudo haber sido y no fue? Desde que nacemos y crecemos, la vida se encarga solita de someternos a toda clase de pruebas, unas sencillas; otras bien duras, de esas que nos hacen doblar las rodillas, y pedirle a Dios que nos saque del abismo en el que nos hemos hundido hasta el fondo. No vivimos en un mundo perfecto; mucho menos rosado. El mundo es cruel, la vida es injusta, las personas son egoístas, y todo lo que nos rodea tira arbitrariamente para su lado. ¿Y qué podemos hacer? ¿Seguir lamentándonos? ¿Llorar? ¿Mandar todo al demonio y ya? También podemos entrar a las redes sociales y declarar a todas nuestras amistades ahí, y a sus amigos, que no lo son nuestros, y al mundo en general y a los entrometidos de vidas ajenas, que somos unos desdichados, de que no sabemos lidiar con las situaciones adversas que el diario vivir nos trae, que somos unos pobrecitos infelices que merecemos un poquito de compasión de los demás para que nuestro sufrimiento y tristeza sea más llevadero. ¿En serio? ¿Me estás diciendo que eres de esos que declaran a los cuatro vientos en las redes sociales todo lo que te pasa, y si no, te lo inventas? ¡Wow, qué mal te va! Porque si eres de esas personas que no tienen vida propia, y vives las ajenas y de lo que ellas opinen de ti, te queda un largo camino por recorrer para que puedas salir de tu laberinto emocional que te tiene perdido en tu percepción de lo que debe ser una existencia bonita de así tú desearlo. Como te dije anteriormente, tú eres tú, no eres otra persona. Cuando mueras, al que van a enterrar es a ti, no a tu amigo de la red social, a tu jefe, a tus familiares, a tu pareja; a nadie más que a ti, con todas esas dudas y miedos que te impidieron vivir a plenitud porque no tuviste el valor de decir BASTA YA, y comenzar a mandar todo al demonio y vivir tu vida al fin, sin importar el qué dirán. Al fin y al cabo, cuando te encuentras hundido hasta el fondo, no va a aparecer absolutamente nadie para rescatarte, porque todos están tan ocupados viviendo sus vidas propias, que no se van a dignar ayudar a un pobre individuo que nunca tuvo el valor de ser él mismo. ¿Ayudarías tú a alguien así? ¿Verdad que no? ¿A qué no sabes por qué?

Vergara Ramírez, Peter R.. TU PEOR ENEMIGO SIEMPRE SERÁS TÚ: Creer en ti es el primer paso para superar tus miedos… (Motivación Para Vivir Plenamente nº 1) (Spanish Edition) (Kindle Locations 166-190). UNKNOWN. Kindle Edition. https://www.amazon.com/dp/B01LMLR33M

¿He fracasado?

¿He fracasado?

Al levantarme esta mañana me sentí así, fracasado, hastiado de la vida, incapaz de sobreponerme al sentimiento de vacío que se albergaba en mi corazón por los últimos acontecimientos.

Acostado ahí, en mi cama, con mis ojos aún cerrados, recordaba todas las cosas que invariablemente te asaltan mentalmente cuando pasas por una situación parecida.

Comencé a reflexionar sobre lo que había sido mi existencia hasta ese momento, mi pasado, el presente que vivo, y el futuro que no conozco.

El pasado, pues, es pasado, ya se fue, no vuelve, gracias a Dios, porque, aunque no fue todo lo productivo que esperaba en ciertos términos materiales, tampoco fue uno para echarme a llorar, pues todo lo aprendido en el mismo me ayudó grandemente, y esa experiencia de vida sirve para determinar en parte mi futuro, y no cometer los mismos errores que en su hora descarrilaron el camino que supuestamente llevaba trazado en la consecución de unas metas. Mis metas.

El presente, mi presente, no es que sea uno lleno de rosas, ni tampoco todo lo feliz que quisiera, como dije anteriormente, en ciertos términos materiales, pero es lo suficientemente feliz para sentirme satisfecho, pues tengo a mi lado a la persona que anteriormente no tenía, y esa personita especial de mi corazón hace que vea mi destino con un crisol distinto que solamente el verdadero amor proporciona.

Mi futuro, pues, nada ni nadie lo puede predecir, con la excepción de Dios, y no debo, ni tengo, que preocuparme por cosas que posiblemente ni ocurran, como le sucede a la mayoría de las personas, el preocuparse mental y emocionalmente por un futuro incierto que no podemos adivinar siquiera. No vale la pena, sinceramente.

A veces en la soledad de nuestras vidas lloramos por lo que tuvimos, ya no tenemos, y por lo que nunca poseeremos, desgastando con ello parte de nuestras energías y salud mental, y cuando llegamos al final del camino, descubrimos que nada de eso era importante, que nada de lo que en su minuto nos dolió, era lo suficientemente valioso para provocar nuestro pesar. Seres humanos al fin, actuamos como tales, y cerramos los ojos ante la realidad de que pase lo que pase, seguiremos levantándonos todas las mañanas con una nueva vida por delante.

Está en nosotros llorar, o reírnos por la oportunidad que Dios nos brinda de seguir respirando y viviendo, o echarnos en las negras aguas del fracaso, donde una vez te tiras en ellas, es casi imposible el sobrevivir y salir victorioso.

¿He fracasado?

Todavía vive en mí ese fuego interior y la pasión de triunfar que desde niño poseo, y en mi corazón y espíritu aún habita el guerrero implacable que de tantas derrotas me ha librado en el pasado, y ciertamente en mi presente.

¿He fracasado?

Quizás no tenga lo que anhelo en la cuestión material, ni tampoco posea esa felicidad superficial que únicamente proporciona el dinero, pero sí tengo lo que genuinamente importa, el amor, y el deseo ferviente de seguir adelante luchando contra todos los obstáculos que se me atraviesen en mi ruta hacia la realización de mis sueños.

Cuando veo a tantas personas que se rinden sin tan siquiera comenzar la lucha, eso me impulsa con renovados bríos a despertar y salir escapando de esta zona de confort donde me encuentro ahora, y batallar hasta la muerte por lo que quiero, sin desfallecer ni rendirme, porque la vida se compone de esto: seguir adelante, aunque tengas deseos de llorar y abandonar todo, y aunque nos traiga sufrimiento y lágrimas, vale la pena vivirla.

No he fracasado, aunque a veces me asalten las dudas y los temores, porque a mi lado tengo a la persona que amo con todo el corazón, y al frente, guiándome en medio de la oscuridad y del miedo al fracaso, se encuentra Dios.

Con semejante compañía nadie fracasa. Posiblemente las alegrías tarden un poquito en llegar, pero las disfrutaremos más por lo que costó conseguirlas.

Así que más vale que me levante de esta cama, y siga luchando por mis sueños, porque nadie va a hacerlo por mí, y nadie va a tender su mano cuando me vean batallando por lograr lo que la vida tiene en agenda para mí.

No he fracasado, porque tengo vida, y un corazón que jamás se rendirá ante el miedo…

 

 

 

 

 

Quise morir, pero decidí vivir…

Abrazados.
La primera imagen que viene a mi mente cuando recuerdo el ayer.
Abrazados, planeando un futuro juntos.
Un ayer que en su momento mágico fue hermoso, repleto de ilusiones, de metas, de sueños, de anhelos compartidos y planes por desarrollar, pero que en el escabroso camino en el que luego se convirtieron nuestras vidas, se disiparon como volutas de humo en el viento.
Ese primer encuentro, una tarde de noviembre, nueve años atrás, marcó mi existencia sin yo saberlo en ese instante.
Un recorrido en auto al otro extremo de mi país, un corazón rebosante de expectativas, un cuerpo anhelante de caricias y besos sinceros, y un deseo enorme de ser amado y amar a la vez, fueron los ingredientes necesarios para yo atreverme a embarcarme en una travesía que no sabía en qué iba a terminar.
Dos desconocidos unidos por una red social, largas llamadas hasta la madrugada, suspiros y besos no transmitidos por las líneas telefónicas, urgencia de amores no correspondidos hasta ese entonces, e interminables divagaciones sobre la autenticidad de un sentimiento nacido a través de un ordenador fueron los ingredientes de una receta abocada al fracaso tiempo después.
Nos conocimos, finalmente, y el chispazo de atracción fue recíproco, para qué negarlo. Nació entre los dos una corriente de esperanza en una relación que inicialmente fue lo que yo esperaba y más, pero que, por la distancia existente entre nuestros hogares, luego se convertiría en mi mayor derrota seis años más tarde.
Las personas vivimos ilusionadas con encontrar al amor de nuestras vidas, como habitualmente se utilizan estas palabras para describir a cualquiera que llega a nuestras vidas a lo largo de la misma.
Hoy tenemos al amor de nuestra vida al lado, y damos la existencia por esa persona, y nos sacrificamos por la misma, todo en aras de ser amados y amar, pero no nos percatamos de que, al entregar este título a cualquier ser humano sin conocerlo bien, le estamos dando un cheque en blanco para que pueda disponer de nosotros a su antojo, y luego vendrán las lágrimas y lamentaciones por haber cometido el mayor error de nuestras vidas…otra vez.
Escribo esta breve reflexión para ir preparando al lector sobre lo que viene a continuación, un breve relato de un supuesto amor que luego se descubrió que no era amor del genuino, del sincero que uno siempre anhela encontrar, y que cuando asoma su nariz por la esquina de nuestro corazón, lo aceptamos sin rechistar. El amor no se puede explicar, dicen, y si puedes hacerlo, no es amor, repiten los llamados expertos, para luego ser ellos los primeros en llorar cuando todo, absolutamente todo, les sale mal. Lo que mal comienza, mal termina, pero nosotros como seres humanos, nunca aprendemos la lección que esto conlleva, porque somos como caballos de carrera en un hipódromo con gríngolas puestas: no queremos ver lo que nos amenaza y lo dejamos pasar, todo por el llamado amor.
No estoy despotricando contra este bello sentimiento; al contrario. Expongo mis ideas sobre el particular en vías de ir acomodando lo que pienso decir en las siguientes oraciones.
Pero antes de exponer lo antes expresado, escribiré un corto relato.
Un relato sobre el amor.
Lo que creí era amor.
Pero me equivoqué.
Ese supuesto amor nacido en una red social nunca lo fue.
Pero en ese momento yo, al menos, no lo sabía.
Me enteré tiempo después.
Y fue ahí cuando quise morir.
Cuando recibí el golpe.
Luego abundaré al respecto. Por lo pronto, leamos este breve relato, nacido en mi corazón, y endurecido por la vida que pensé era bella, pero que se convirtió en un dolor arraigado en el alma que amenazó con destruirme en el minuto aciago de mi existencia.
—¿Eres…?
—Sí, soy la que esperas— me respondió la hermosa mujer de rasgos gitanos que tenía enfrente.
—Al fin nos conocemos.
No podía dejar de admirar su serena belleza de mujer cuarentona, ni su mirada dulce como la miel que en esos instantes me recorría de pies a cabeza. Me sentí perturbado, y ansioso a la vez.
Llevaba años encerrado en mi soledad, abrazada a la misma como mi compañera inseparable, como el hábito de vida del que no podía desligarme, aunque quisiera, porque el llamado amor no me quería en su regazo. El sentimiento que se anidaba en los corazones de millones de seres humanos esparcidos por el mundo, no anhelaba ciertamente buscar refugio en el mío, y yo lo rechazaba abiertamente porque ya no confiaba en él.
Estaba aferrado a mi tristeza de no ser amado, a la noción de que nunca volvería a ser feliz en los brazos de una mujer que me amara sinceramente.
Ya la esperanza había abandonado el barco en medio de mi travesía por las aguas tempestuosas de mi existencia, y no aparecía el faro de luz cegadora que me llevara a puerto seguro en la total oscuridad en que mi corazón navegaba.
Llevaba mucho tiempo naufragando en las bravías olas del desamor, y ya me había acostumbrado a no sentir por nada ni por nadie.
Hasta ese momento.
—¿Quieres dar un paseo por el pueblo? — me invitó la diminuta y delgada mujer de cabello negro que luego se convertiría en mi novia, y el motivo principal de mi alegría por los venideros años.
Nos encontrábamos en la sala de su hogar, acompañados de sus hijas, las que breves minutos antes me habían sido presentadas, y no me sentía cómodo en medio de ellas, por lo que preferí aceptar su invitación para conocer el pueblo. No perdía nada y, al contrario, íbamos a estar solos para conversar de muchas cosas que nos dijimos por teléfono, y también de lo que nunca habíamos hablado, pero que se encontraba latente en cada palabra y ahora intensas miradas de curiosidad y pasión que nos dirigíamos a pesar de sus hijas presentes en la sala.
Salimos ambos en mi vehículo, y fuimos recorriendo cada rincón de su pueblo, al menos lo más importante, hasta que nos detuvimos en la plaza pública del mismo, y caminando uno junto al otro, nos sentamos en un banco de madera ubicado frente a una fuente bellísima que adornaba la plaza y sus inmediaciones.
Ahí, luego de conversar extensamente, cedimos al deseo que teníamos desde el mismo momento de conocernos, y nos besamos.
Nuestro primer beso.
El inicio de una memorable historia de amor.
Un beso que se arraigó en mi alma y espíritu, y me robó el aliento.
Finalmente, el amor se había acordado de mí.
¡Cuán equivocado estaba!
Pero como dije anteriormente, yo no lo sabía en ese instante.
Regresamos esa tarde, casi noche, a su hogar, donde en las siguientes horas nos conocimos mejor, ahora ya en persona, sin mediar ningún instrumento externo como las redes sociales, celulares o mensajes de texto, porque todavía Whatsapp no existía, y tampoco nos hacía falta.
Éramos dos seres humanos, hombre y mujer, conociéndonos, explorando nuestros cuerpos, descubriendo los límites del amor, y comenzando a querernos, un sentimiento que creí olvidado, pero que ahora irrumpía violentamente en mi existencia para cambiarla por completo.
El camino de regreso, en horas de la madrugada, fue triste, pues a pesar de conocernos por escasas horas, ya sentía que mi corazón lloraba por la separación. Llegué cansado completamente a mi hogar, y dormí como un angelito, soñando con la mujer que se había convertido, sin yo saberlo, en el motivo principal de mi vida por los siguientes años.
Los viajes de mi pueblo al suyo eran geográficamente largos, todos los fines de semana, viernes a domingo, y entonces regresaba con la misma sensación desalentadora de siempre, tristeza total, pero teníamos planes. Yo los tenía, pero en ese momento no supe, o no pude, ver que ella, mi amada, no los compartía en la misma forma.
Planes de casarnos, de formar un verdadero hogar, de residir toda la familia en mi pueblo, pero no quisimos apresurar las cosas por un tiempo, pues ella tenía su empleo, su familia, sus amistades, y toda su vida, en su pueblo, y no me sentía bien que digamos de presionarla para que decidiera de una vez y por todas que papel desempeñaba en su vida, y si yo era lo suficientemente importante en la misma para dejarlo todo y casarse conmigo en aras de un llamado amor que ambos supuestamente profesábamos el uno por el otro.
—¿Cuándo nos casamos mi amor?
La pregunta obligada cada vez que tocábamos el tema de una vida juntos.
Yo era el que preguntaba siempre. La urgencia de ella inicial había desaparecido con el transcurso de los años, y se había aclimatado totalmente a su vida cómoda, en su zona de confort, y nuestros anhelos tempranos de compartir una existencia juntos, ya no tenía en su corazón el mismo arraigo de los primeros meses juntos.
—Hay tiempo para eso. Espera que en mi empleo tenga una seguridad permanente, y que las nenas se acostumbren a la noción de irnos a vivir fuera de mi pueblo, y quizás podamos realizar la boda en su momento— me dijo mi llamado amor, y me decepcionó grandemente.
Estaba hastiado de esperar; nuestra historia juntos rondaba los 5 años, y no veía en esta mujer el deseo de formar una familia conmigo, y sus nenas, como las llamaba, ya eran mujeres adolescentes; una de ellas ya madre, por lo que, inconscientemente, fui perdiendo el deseo de viajar a su pueblo cada fin de semana, y las visitas comenzaron a espaciarse tanto, que en ocasiones transcurría más de un mes sin vernos.
—¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar? La pregunta insistente cada día, cada mes, cada año, hasta que, aun amándola tanto, comencé a fijarme en otras personas, que ciertamente no amaba, pero que me distraían y me alejaban, tanto de la tristeza que ya se arraigaba en mi espíritu, como también de ella, de la persona que cinco años antes creí que era el amor de mi vida, la mujer de mis sueños, y que unos meses después, por medio de mensajes de texto, me destrozó el corazón de tal manera, confesando que ya no sentía lo mismo por mí, que pensé hasta en quitarme la vida, de tan hundido que estaba en el abismo del dolor que ella me había infligido.
—Vengo ahora— le dije a mi padre, saliendo al jardín exterior de mi casa, y cayendo arrodillado al suelo porque no podía soportar el dolor inmenso de haberla perdido, de ver todas mis ilusiones caer como un castillo de naipes azotado por la furia incontenible del vendaval de crueles palabras escritas que destruyeron mi vida en un instante.
¿Cómo demonios una hermosa relación, de tanta comunicación entre las partes, de tanto amor demostrado con cada palabra, con cada gesto, con cada caricia, con tanto amor, podía terminar con mensajes de texto, porque ni siquiera esa deferencia tenían para conmigo de expresarme sus sentimientos en persona?
¿Tan malo fui que ni eso merecía, un respeto basado en el amor profesado anteriormente, que solamente unas pocas palabras en varios mensajes de texto a través de un celular acabando con nuestra relación era el premio por tantos años de amor lindo y sincero?
Mis años de entrega y dedicación a una relación de amor se habían ido por la borda de la indiferencia y del desamor, y no podía contenerme.
Mi vida en segundos quedo vacía, sin ilusión, sin felicidad, y a pesar de que ya nuestra relación no era la mágica de antaño, solamente una rutina, aún sentía algo, y quería llegar hasta la vejez junto a ella.
El alma desolada, ideas suicidas, falta total de interés en las cosas cotidianas, y una tristeza perenne, junto a mi indiferencia hacia todo lo que fuera amor, fueron los ingredientes perfectos para un final predecible, y ya la esperanza de ser feliz, ya no tenía cabida en mi corazón. Ya los cuentos de hadas no eran para mí, y una existencia plena de alegría, tampoco.
Sólo me faltaba tomar la decisión.
—¿Te la vas a tomar?
La pregunta me agarró desprevenido. Me hallaba en ese momento en un club de mejoramiento de la salud, al que asistía más para distraerme que para ciertamente mejorar mi condición física, y giré mi cabeza hacia el lado para responderle a la persona que había formulado la pregunta.
Era una bellísima mujer, de cabellos rubios, y cuerpo tonificado por los ejercicios aeróbicos y la buena nutrición la que curiosamente me observaba.
—¿Perdón? — solamente pude decir.
—Te pregunté si piensas tomarte el resto de la bebida que te sirvieron.
La miré molesto. Qué desfachatez la suya. Apenas, en todo ese tiempo asistiendo a ese club había cruzado palabras con ella, y ahora venía a entrometerse en mi desolada existencia como si fuéramos amigos entrañables.
Pero manteniendo mi rostro ecuánime, le respondí:
—Si la deseas, te la puedes tomar. Sinceramente ya ni me gusta.
Ella, la rubia dulce y muy hermosa, me observó curiosa y sonreída, y me la quitó de las manos prácticamente. Lejos de molestarme más de lo que estaba, me divirtió su forma de ser. Parecía de esas mujeres que saben luchar por lo que quieren, y muy decidida aparentemente.
—Gracias.
—De nada.
Y comenzó a hablar de un millón de cosas, buscando conversación, pero mi mente se hallaba tan lejos, que difícilmente podía seguir el ritmo de su perorata. Aun así, cortés como siempre, o casi siempre, la trataba de atender.
Finalmente me levanté, y aunque no quisiera reconocerlo, la conversación fluida de la mujer que se había tomado mi bebida me distrajo enormemente. Era interesante ver que, no obstante, mi forma indiferente de comportarme y mi alejamiento en todos los aspectos de los demás clientes del club, que no invitaba precisamente a entablar un diálogo conmigo, la tonificada exponente de los ejercicios aeróbicos buscaba siempre la manera de iniciar una conmigo con este servidor.
Su dulzura, mucha paciencia, toneladas de ternura y amistad, hicieron renacer de las supuestas cenizas el amor por la vida que creí acabado para siempre, y comencé a ver las cosas con mayor interés, aunque todavía, como es habitual en este tipo de rompimiento amoroso, me escocía el alma de puro dolor.
Nuestra amistad, unida por sendas rupturas del llamado amor, se fortaleció en el transcurso de los meses siguientes. De miradas furtivas, roces de manos, besos en la mejilla, pasamos finalmente a besarnos con amor, y del genuino, y ya mi corazón le respondía a este sentimiento nacido de entre los escombros de otra triste relación con verdadero deseo de vivir, de reencontrarme conmigo mismo; de volver a vivir.
—¿Deseas ser mi novia? — le pregunté una tarde de diciembre, dos años atrás. Ella me miró sonriente, y me dijo:
—Ya era hora de que me lo preguntaras. Por supuesto que sí. Te amo.
—Y yo a ti, mi vida, te amo con todo mi corazón— respondí, con mis ojos anegados en llanto por la alegría de amar y ser amado nuevamente, y esta vez para siempre.
En el verano del 2014 destruyeron el concepto de lo que pensaba era un amor de los que duraban para siempre; el amor de mi vida. Irrumpió en mi existencia una noche de julio, y me puso al borde del abismo en todos los aspectos, y en muchas ocasiones pensé en terminar con todo lo que me rodeaba, y huir como un cobarde de esta vida.
Quise morir.
Esos pensamientos asaltaban mi mente y mi espíritu día a día, y la tristeza de no vivir plenamente como yo anhelaba minaba las pocas fuerzas que me restaban para resistir tanto dolor.
Pero resistí.
Quise morir.
Pero decidí vivir.
—¿Quieres casarte conmigo?
Una mirada cargada del más puro sentimiento llamado amor me respondió. No eran necesarias las palabras entre nosotros. Estábamos ya unidos por el verdadero amor que tanto habíamos buscado sin lograr hallarlo, y nuestra relación estaba cimentada en una base sólida de amor y comunicación.
Mi alegría de vivir regresó el día en que la conocí, al amor de mi vida, el real esta vez, la que sé estará conmigo hasta la vejez, y la que me acompañará en el recorrido de la hermosa vida que aún nos resta por completar.
Decidí vivir, porque Dios se había apiadado de este pobre corazón, y me había devuelto con creces un sentimiento llamado…amor.
Si te gusta, comparte este relato de amor verdadero, y muchas felicidades a todos en el Día del Amor.
Biografía del autor.
Peter R. Vergara Ramírez, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manatí, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal, y prosigue estudios, actualmente, conducentes a una Maestría en la misma rama en la UNE de Barceloneta. Autor de seis trabajos literarios ya publicados en Amazon.
Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana.
Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, El Comienzo, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, publicada en septiembre del 2016.
Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en el que, aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Todos mis trabajos literarios se encuentran en formato digital e impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida, y la inspiración para este escrito. Residen en Manatí, Puerto Rico.
Trabajos literarios:
1. Susurros Mortales, el comienzo. 2016
2. Susurros Mortales en el Viento, Ángel de Piedad. 2016
3. Al Final del Abismo. 2016
4. Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú (Motivación 1) 2016
5. Tiempo de Hacer las Paces con mis Demonios (Motivación 2) 2016
6. Adiós a mis Miedos (Motivación 3) 2016
7. Obsesión Mortal (abril 2017)
8. Deadly Whispers (febrero 2017)
Página web: http://vergram.website Correo electrónico: peter@petervergara.com

El Dolor de Perderte— extracto de una historia en proceso. Peter R. Vergara Ramírez—autor

EL DOLOR DE PERDERTE UNA HISTORIA REAL
—Vete a dormir, hijo — susurró mi querida madre al reparar en mi presencia. Estaba sentado a su lado, en una silla, incómoda, por cierto, mientras ella reposaba, si se le podía llamar reposar a lo que hacía, en la cama. Tampoco lucía confortable, al igual que yo. Su blanco y escaso cabello, en un tiempo abundante y rizado, refulgía bajo la tenue luz de la habitación. Aparentaba tener más edad de la que realmente ostentaba, sesenta y nueve años, pues la quebradiza fragilidad que actualmente la mantenía derrotada en esa posición la hacía sentir y verse así, una anciana. Era imposible que pesara cien libras, de tan delgada que estaba. La piel de sus brazos caía fláccida a los costados, y los huesos de su cuerpo, en general, se podían distinguir a simple vista.
No le respondí de momento. La miré; solamente eso. Ni una palabra entre nosotros. No eran necesarias.
Me acerqué entonces a ella, y la besé en la frente con inefable ternura, como lo hacía al despedirme por las noches. Me devolvió el beso con suavidad.
—Bendición, mamita, que duermas bien— susurré quedamente.
—Te deseo lo mismo. Dios te bendiga— se despidió, acomodando su cabeza dificultosamente en la almohada, tratando inútilmente de que yo no viera el dolor que experimentaba al hacerlo. La noche recién comenzaba, pues todavía no eran las ocho. Para mamá, sin embargo, ya era tarde, si se tiene en cuenta el día interminable que sufrió soportando los episodios continuos de dolor que no la dejaban vivir en paz. Los medicamentos recetados para tratarlos ya no surtían prácticamente ningún efecto. Posiblemente a la semana siguiente empezarían de nuevo con la quimioterapia, que en esta precisa etapa de su existencia era quizás el único recurso disponible para mejorar su salud significativamente, sin olvidar algo primordial a lo que siempre nos volvemos cuando todo lo demás falla: Dios y la fe en él. No puedo negar que muchas veces mi fe se quebrantaba, pero trataba de seguir adelante. Sin embargo, dudaba en ocasiones de un Dios que dejaba sufrir a la humanidad a su antojo. ¿Cómo era posible entonces que existiera, cuando estaba a punto de perder lo más valioso de mi vida? Me dolía, para qué negarlo. Un sentimiento genuino no se hunde bajo los terribles embates del tiempo, ni de la vida. Sobrevive, menospreciando todos los argumentos en contra.
Quise alejar de mi mente todo lo negativo y triste que pudiese mermar el espíritu de lucha y de esperanza que latía dentro de mi ser, a pesar del panorama gris que se cernía sobre nuestras cabezas, por lo que me dediqué a observar atentamente la figura frágil y enferma de mamá postrada en la cama. Inconscientemente, mi corazón se remontó al lejano pasado, reviviendo momentos hermosos al lado de mi madre. En ocasiones recordamos lo que nuestra mente se niega a olvidar, y desterramos lo que necesitamos sentir de nuevo. Paradojas indescifrables del ser humano. Queremos experimentar solamente el presente, despreciando insensiblemente el pasado que nos trajo hasta aquí.
Volviendo mis pensamientos al presente, no pude evitar el sentirme triste, desconsolado en cierta manera. No podía hacer nada. Mis manos estaban atadas completamente, y no era para menos. La muerte acechaba implacablemente, en espera de caer sobre su presa, y desgraciadamente, mami, como cariñosamente la llamamos sus hijos desde el día que nacimos y tuvimos la facultad de hablar, lucía indefensa ante mí.
Creemos que lo que le sucede al vecino no nos acontecerá a nosotros.
Nos necesitan más que nunca, y cuantas veces nos enfrascamos en tontas discusiones, entre la misma familia, sobre qué hacer con la persona marcada por la enfermedad, tratamientos a seguir, médicos apropiados para tratarla, el hospital más idóneo o conveniente. También nos sumergimos en polémicas estériles sobre la cuestión monetaria. Aunque debo admitir, desgraciadamente, que es un punto importante, demasiado, cuando se está pensando en un tratamiento a largo plazo. El dinero todo lo compra, aunque en la gran mayoría de los casos no retiene la vida; sólo la mejora ligeramente hasta el segundo final. Si vas a sufrir mucho, entonces sufres menos, gracias a los últimos adelantos en drogas anticancerosas o de cualquier tipo. La vida es extraña. Cuantas cosas pasan por la mente de uno en situaciones de esta índole. Mientras mamá dormía ya plácidamente, la historia de nuestras vidas entrelazadas pasaba en frente mío como una vieja película llena de nostalgia, y no pude evitar rememorar el ayer. No he sido el mejor hijo del mundo; lo reconozco, pero trato de serlo ahora, aunque todos piensen que es tarde. Nunca es tarde si la dicha es buena, según he oído en varias ocasiones. Una gran verdad.
Recordé el pasado que se va y no vuelve, aquellos momentos en que fui niño, adolescente, y al final hombre. Esos instantes que forjan tu carácter como un martillo chocando violentamente contra el yunque de nuestro espíritu; instantes que nunca volverán, pero que nos forman desde el principio mismo del nacimiento, acto maravilloso que nos une para toda la eternidad con nuestra madre. Tu madre; mi madre. Palabra hermosa, sencilla a la vez, pero que encierra toda una gama de sensaciones y experiencias enriquecedoras.
A la misma vez, recordé, aunque difícilmente, paisajes en el tiempo que creía olvidados, y que cambiaron el derrotero de mi existencia para siempre. Sucesos que en ocasiones destruyeron el concepto ficticio e iluso que yo tenía sobre los demás. En otras palabras, supe que el mundo como me enseñaron desde pequeño, un universo lleno de bondad y amor, no existía más que en la mente calenturienta y fantasiosa de algún escritor de segunda clase. Hicieron nacer en mi persona la decepción hacia todos que llevo como una pesada carga de la que no he podido librarme todavía. Presiento que me acompañará hasta la muerte. Quizás. No creo ya en la humanidad, que te golpea inmisericordemente cuando no lo esperas, tus ilusiones se encuentran a flor de piel, y tu alma suspira encandilada por un tierno beso de amor.
Dicen que cuando uno sufre, y llora, todo te hace sentir. Es cierto, muy cierto. Por eso, viendo hacia la cama contigua a mí, empecé entonces a sentir mi pasado, y como era que había llegado hasta ahí a pesar de todo, al lado de ella, de la mujer que me dio el ser, en esa melancólica y amarga noche de octubre.
Reflexión: Tenemos que aprender a vivir el presente, el hoy, junto a nuestros seres amados. No dejemos por favor para mañana el decirle a esa persona te amo, o perdóname. Quizás sea muy tarde para entonces, y ya no estemos para hacerlo, o viceversa.
Meses después la perdí, y fue mi peor momento, el que nunca deberíamos sufrir, pero que irremediablemente nos llega a cada ser humano, y duele muchísimo.
Pero como le dije en su habitación un día, y recuerdo ahora, si mueres, nos volveremos a encontrar en un sitio mejor.
“El dolor de perderte es inmenso. Sublime es la alegría de saber, que algún día no muy lejano, volveremos a encontrarnos en un sitio mejor”.
Esta dedicatoria está plasmada en su lápida, donde descansa su cuerpo mortal.
Su espíritu está en un sitio mejor. Algún día nos volveremos a ver.
Gracias mami, por todo tu amor…

(El Dolor de Perderte— extracto de una historia real, que tocó mi alma y corazón, y que en su momento destruyó mi ilusión de vivir. Es un trabajo en proceso que espero culminar en los próximos meses si Dios lo permite. Cualquier reproducción, total o parcial, de este contenido, está terminantemente prohibido sin la debida autorización del autor. @Derechos reservados Peter R. Vergara Ramírez)

Biografía del autor.
Peter R. Vergara Ramírez, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manatí, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal, y prosigue estudios, actualmente, conducentes a una Maestría en la misma rama en la UNE de Barceloneta. Autor de seis trabajos literarios ya publicados en Amazon.
Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana.
Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, El Comienzo, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, publicada en septiembre del 2016.
Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en el que, aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Todos mis trabajos literarios se encuentran en formato digital e impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida. Residen en Manatí, Puerto Rico.
Trabajos literarios:
1. Susurros Mortales, el comienzo. 2016
2. Susurros Mortales en el Viento, Ángel de Piedad. 2016
3. Al Final del Abismo. 2016
4. Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú (Motivación 1) 2016
5. Tiempo de Hacer las Paces con mis Demonios (Motivación 2) 2016
6. Adiós a mis Miedos (Motivación 3) 2016
7. Obsesión Mortal (febrero 2017)
8. Deadly Whispers (enero 2017)
Página de autor en Amazon: http://amazon.com/author/petervergararamirez
Twitter: http://twitter.com/vergrampeter Facebook: http://facebook.com/pvergararamirez
Página web: http://vergram.website Correo electrónico: peter@petervergara.com

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Susurros Mortales, el origen de mi primera novela

El nacimiento de mi primera novela, Susurros Mortales Recordando, pues siempre es bueno hacerlo, sean positivas o negativas las memorias que ello encierra, no pude evitar el rememorar esos pasos iniciales antes de comenzar a escribir mi primera novela, Susurros Mortales, o Deadly Whispers, como originalmente salió publicada allá por el 2001 en Estados Unidos.

El nacimiento de la saga, que espero concluir para el 2017 una vez haya terminado unos proyectos que están actualmente en proceso, incluyendo una historia que competirá en un prestigioso concurso literario en España. Pero ya eso es otra historia.

Recuerdo que estaba sentado en la sala de mi hogar de Manatí, Puerto Rico, una tarde del verano del 2000, solo, cabizbajo, pensativo, triste por demás, pues en pocos días viajaría a la ciudad de New Haven, Connecticut, para encontrarme con mi madre Elsie, ya diagnosticada con cáncer de pulmón, y en vías de comenzar su tratamiento contra el mismo en el New Haven-Yale Hospital, a pocos pasos de la residencia de mi hermana Yolanda, donde mi madre habitaba en esos momentos.

Pensaba: ¿Qué pasará con mami? ¿Saldrá bien o no? Si ella moría, ¿podría superar ese dolor de perderla? Yo adoraba a mi madre, en ocasiones difícil de tratar, pero luchadora y amorosa con sus hijos, y con una voluntad inquebrantable para seguir adelante a pesar de las circunstancias. No era quizás una madre perfecta, pero para nosotros lo era. Y no quería dejarla abandonada en esos instantes cuando más nos necesitaba. Por eso viajaba hacia New Haven, para cuidarla y acompañarla.

Mientras mi alma y corazón volaban hacia ella y su enfermedad en esa tarde, también pensé en que yo no tenía nada en mi vida en ese momento que me permitiera aportar, aunque fuera poco al tratamiento y recuperación posterior de mi querida madre. Me encontraba desempleado, sin un centavo en los bolsillos, y desilusionado con el giro que mi existencia había tomado en los últimos tiempos. En pocas palabras, con un down o depresión terrible, a punto de tomar una decisión irremediable, pues ya el mundo bonito como yo anhelaba desde niño, ya no tenía sentido para mí. Nada me alegraba, nada me rescataba del abismo oscuro en que estaba sumergido hasta el fondo. Había perdido mis sueños, mis metas, mis deseos de ser alguien, de sobresalir, de poder dejar un legado para generaciones futuras, en fin, de muchas cosas que se perdieron en el camino, y que nunca recuperaría.

Entonces, para ahuyentar todos esos demonios, y no pensar más en ellos, reparé en una pequeña libreta de apuntes que se encontraba en una mesa al lado mío, y la tomé.

La abrí, y me dije:

—Voy a escribir algo.

¿Pero qué?

—Una novela.

¿Y cómo diablos, si nunca lo había hecho?

Pero comencé, que es lo primero que debe hacer cualquier ser humano si desea superar la vida y sus obstáculos.

Recordé muchos libros leídos, novelas, ensayos; todo. La forma de escribir, desarrollar, personajes, diálogos, contenido importante, la trama y sus vericuetos literarios, en fin, todo de lo que se componía la redacción de un escrito, en este caso, una novela de ficción sobre un asesino en serie y los consiguientes esfuerzos de las fuerzas policiales para atraparlo antes de que siguiera asesinando personas inocentes.

Poco a poco la pensé y le di vida a mi primera novela. En esos primeros días mi mano volaba encima de la libreta de apuntes, escribía, borraba, tachaba, arrancaba la página si no me gustaba, la volvía a escribir, hasta que llegué a New Haven. Allí entonces la desarrollé completamente, estudié la historia de la ciudad, sus lugares históricos, su trayectoria, calles, ausculté libros enteros y artículos de índole policial e investigativa, procedimientos del FBI, ciencias forenses y sus distintas ramas, y lo más importante, el estudio de los asesinos en serie y sus categorías, los motivos por los que asesinaban, su modus operandi, sus trofeos, sus personalidades, y también la criminología y criminalística de laboratorio y de campo en las escenas criminales. Muchas cosas de las que me tuve que empapar para escribir correctamente y documentar apropiadamente esta novela inicial.

Luego de llegar a un punto culminante, alrededor de la página 140 más o menos, me quedé en blanco. Totalmente. Se me habían acabado las ideas, el teclado de la computadora cogió polvo por su falta de uso. No sabía qué más escribir, cómo continuar.

Así estuve semanas, desorientado, bloqueado, mientras cuidaba a mi madre y la llevaba a sus sesiones de quimioterapia, y veía cómo poco a poco su rostro adquiría color y vida por el tratamiento en sí, y quizás la incipiente esperanza de que al final, mami podría superar el dolor y vivir plenamente o por lo menos a medio pocillo para beneplácito y alegría de todos, situación que un tiempo después descubrimos que no iba a ser posible, cuando su organismo comenzó a rechazar el veneno que le introducían a su cuerpo, y los médicos decidieron descontinuar el tratamiento por la falta de avances en la condición cancerosa de mi madre.

Una tarde, regresando a la casa de mi hermana, subí a mi cuarto a dormir un rato.

Al tirarme en la cama cerré mis ojos.

Visualicé la novela enteramente. Principio, contenido y final, los capítulos que restaban, y el final. En cuestión de cinco minutos, sinceramente, en mi imaginación, que salió a rescatarme cuando ya no albergaba la esperanza de poder culminar el proyecto favorablemente. Increíble, pero cierto.

Abrí mis ojos, me levanté de la cama, y corrí hacia la computadora. Empecé a escribir como loco, aprovechando esa oleada de ideas que asaltaron mi mente, y a los pocos días la terminé. La revisé, la corregí, volví a cambiarle muchas escenas y diálogos, y la sometí a un par de editoriales en Estados Unidos, donde semanas después recibí la notificación de parte de una de ellas de que estaban interesados para publicarla, por lo que decidimos presentarla en inglés, labor titánica en la que mi hermana Yolanda tuvo la encomienda de traducirla completamente con excelencia, y luego comenzar el arduo proceso de revisión de contexto literario y preparación para imprimirlo meses después en el 2001, poco antes de mi madre fallecer, y dejarme destrozado al igual que al resto de la familia.

No tengo que explicar la alegría inmensa que sentí al recibir la aprobación y luego contrato con la editorial, y el sentimiento inconfundible que acompaña a cualquier ser humano cuando es bendecido por Dios. Una sensación de bienestar y felicidad que arropa tu cuerpo de la cabeza a los pies, y que te hace flotar por las nubes.

Perdí a mi madre meses después, y aún me duele el recordarlo, muchísimo, pero siempre he pensado que cuando perdemos algo en nuestras vidas, una bendición y una puerta se abren un poquito más adelante para compensarnos por ese dolor. Compensarnos, no olvidarlo, pues cuando se quiere de verdad, especialmente a una madre que lo dio todo por su familia, eso no se puede enterrar en un rincón lejano de nuestra mente o corazón. Es un sentimiento hermoso que nos acompañará hasta que muramos y nos volvamos a encontrar en un lugar mejor. Por lo menos, eso espero, encontrarnos de nuevo, y para siempre.

Esta fue la breve historia del nacimiento de la saga de Susurros Mortales, que sé es excelente en su historia, y que dio comienzo a mi inquietud de llegar al mundo entero con mis escritos, y dejar mi hermoso legado para generaciones presentes y futuras. Mi destino ya está trazado de antemano por Dios, y las bendiciones que restan vienen en camino.

Confío en ellas. A la venta en Amazon (libro) http://a.co/6sPBY6R. En digital: http://a.co/8fkdCXR