Quise morir, pero decidí vivir…

Abrazados.
La primera imagen que viene a mi mente cuando recuerdo el ayer.
Abrazados, planeando un futuro juntos.
Un ayer que en su momento mágico fue hermoso, repleto de ilusiones, de metas, de sueños, de anhelos compartidos y planes por desarrollar, pero que en el escabroso camino en el que luego se convirtieron nuestras vidas, se disiparon como volutas de humo en el viento.
Ese primer encuentro, una tarde de noviembre, nueve años atrás, marcó mi existencia sin yo saberlo en ese instante.
Un recorrido en auto al otro extremo de mi país, un corazón rebosante de expectativas, un cuerpo anhelante de caricias y besos sinceros, y un deseo enorme de ser amado y amar a la vez, fueron los ingredientes necesarios para yo atreverme a embarcarme en una travesía que no sabía en qué iba a terminar.
Dos desconocidos unidos por una red social, largas llamadas hasta la madrugada, suspiros y besos no transmitidos por las líneas telefónicas, urgencia de amores no correspondidos hasta ese entonces, e interminables divagaciones sobre la autenticidad de un sentimiento nacido a través de un ordenador fueron los ingredientes de una receta abocada al fracaso tiempo después.
Nos conocimos, finalmente, y el chispazo de atracción fue recíproco, para qué negarlo. Nació entre los dos una corriente de esperanza en una relación que inicialmente fue lo que yo esperaba y más, pero que, por la distancia existente entre nuestros hogares, luego se convertiría en mi mayor derrota seis años más tarde.
Las personas vivimos ilusionadas con encontrar al amor de nuestras vidas, como habitualmente se utilizan estas palabras para describir a cualquiera que llega a nuestras vidas a lo largo de la misma.
Hoy tenemos al amor de nuestra vida al lado, y damos la existencia por esa persona, y nos sacrificamos por la misma, todo en aras de ser amados y amar, pero no nos percatamos de que, al entregar este título a cualquier ser humano sin conocerlo bien, le estamos dando un cheque en blanco para que pueda disponer de nosotros a su antojo, y luego vendrán las lágrimas y lamentaciones por haber cometido el mayor error de nuestras vidas…otra vez.
Escribo esta breve reflexión para ir preparando al lector sobre lo que viene a continuación, un breve relato de un supuesto amor que luego se descubrió que no era amor del genuino, del sincero que uno siempre anhela encontrar, y que cuando asoma su nariz por la esquina de nuestro corazón, lo aceptamos sin rechistar. El amor no se puede explicar, dicen, y si puedes hacerlo, no es amor, repiten los llamados expertos, para luego ser ellos los primeros en llorar cuando todo, absolutamente todo, les sale mal. Lo que mal comienza, mal termina, pero nosotros como seres humanos, nunca aprendemos la lección que esto conlleva, porque somos como caballos de carrera en un hipódromo con gríngolas puestas: no queremos ver lo que nos amenaza y lo dejamos pasar, todo por el llamado amor.
No estoy despotricando contra este bello sentimiento; al contrario. Expongo mis ideas sobre el particular en vías de ir acomodando lo que pienso decir en las siguientes oraciones.
Pero antes de exponer lo antes expresado, escribiré un corto relato.
Un relato sobre el amor.
Lo que creí era amor.
Pero me equivoqué.
Ese supuesto amor nacido en una red social nunca lo fue.
Pero en ese momento yo, al menos, no lo sabía.
Me enteré tiempo después.
Y fue ahí cuando quise morir.
Cuando recibí el golpe.
Luego abundaré al respecto. Por lo pronto, leamos este breve relato, nacido en mi corazón, y endurecido por la vida que pensé era bella, pero que se convirtió en un dolor arraigado en el alma que amenazó con destruirme en el minuto aciago de mi existencia.
—¿Eres…?
—Sí, soy la que esperas— me respondió la hermosa mujer de rasgos gitanos que tenía enfrente.
—Al fin nos conocemos.
No podía dejar de admirar su serena belleza de mujer cuarentona, ni su mirada dulce como la miel que en esos instantes me recorría de pies a cabeza. Me sentí perturbado, y ansioso a la vez.
Llevaba años encerrado en mi soledad, abrazada a la misma como mi compañera inseparable, como el hábito de vida del que no podía desligarme, aunque quisiera, porque el llamado amor no me quería en su regazo. El sentimiento que se anidaba en los corazones de millones de seres humanos esparcidos por el mundo, no anhelaba ciertamente buscar refugio en el mío, y yo lo rechazaba abiertamente porque ya no confiaba en él.
Estaba aferrado a mi tristeza de no ser amado, a la noción de que nunca volvería a ser feliz en los brazos de una mujer que me amara sinceramente.
Ya la esperanza había abandonado el barco en medio de mi travesía por las aguas tempestuosas de mi existencia, y no aparecía el faro de luz cegadora que me llevara a puerto seguro en la total oscuridad en que mi corazón navegaba.
Llevaba mucho tiempo naufragando en las bravías olas del desamor, y ya me había acostumbrado a no sentir por nada ni por nadie.
Hasta ese momento.
—¿Quieres dar un paseo por el pueblo? — me invitó la diminuta y delgada mujer de cabello negro que luego se convertiría en mi novia, y el motivo principal de mi alegría por los venideros años.
Nos encontrábamos en la sala de su hogar, acompañados de sus hijas, las que breves minutos antes me habían sido presentadas, y no me sentía cómodo en medio de ellas, por lo que preferí aceptar su invitación para conocer el pueblo. No perdía nada y, al contrario, íbamos a estar solos para conversar de muchas cosas que nos dijimos por teléfono, y también de lo que nunca habíamos hablado, pero que se encontraba latente en cada palabra y ahora intensas miradas de curiosidad y pasión que nos dirigíamos a pesar de sus hijas presentes en la sala.
Salimos ambos en mi vehículo, y fuimos recorriendo cada rincón de su pueblo, al menos lo más importante, hasta que nos detuvimos en la plaza pública del mismo, y caminando uno junto al otro, nos sentamos en un banco de madera ubicado frente a una fuente bellísima que adornaba la plaza y sus inmediaciones.
Ahí, luego de conversar extensamente, cedimos al deseo que teníamos desde el mismo momento de conocernos, y nos besamos.
Nuestro primer beso.
El inicio de una memorable historia de amor.
Un beso que se arraigó en mi alma y espíritu, y me robó el aliento.
Finalmente, el amor se había acordado de mí.
¡Cuán equivocado estaba!
Pero como dije anteriormente, yo no lo sabía en ese instante.
Regresamos esa tarde, casi noche, a su hogar, donde en las siguientes horas nos conocimos mejor, ahora ya en persona, sin mediar ningún instrumento externo como las redes sociales, celulares o mensajes de texto, porque todavía Whatsapp no existía, y tampoco nos hacía falta.
Éramos dos seres humanos, hombre y mujer, conociéndonos, explorando nuestros cuerpos, descubriendo los límites del amor, y comenzando a querernos, un sentimiento que creí olvidado, pero que ahora irrumpía violentamente en mi existencia para cambiarla por completo.
El camino de regreso, en horas de la madrugada, fue triste, pues a pesar de conocernos por escasas horas, ya sentía que mi corazón lloraba por la separación. Llegué cansado completamente a mi hogar, y dormí como un angelito, soñando con la mujer que se había convertido, sin yo saberlo, en el motivo principal de mi vida por los siguientes años.
Los viajes de mi pueblo al suyo eran geográficamente largos, todos los fines de semana, viernes a domingo, y entonces regresaba con la misma sensación desalentadora de siempre, tristeza total, pero teníamos planes. Yo los tenía, pero en ese momento no supe, o no pude, ver que ella, mi amada, no los compartía en la misma forma.
Planes de casarnos, de formar un verdadero hogar, de residir toda la familia en mi pueblo, pero no quisimos apresurar las cosas por un tiempo, pues ella tenía su empleo, su familia, sus amistades, y toda su vida, en su pueblo, y no me sentía bien que digamos de presionarla para que decidiera de una vez y por todas que papel desempeñaba en su vida, y si yo era lo suficientemente importante en la misma para dejarlo todo y casarse conmigo en aras de un llamado amor que ambos supuestamente profesábamos el uno por el otro.
—¿Cuándo nos casamos mi amor?
La pregunta obligada cada vez que tocábamos el tema de una vida juntos.
Yo era el que preguntaba siempre. La urgencia de ella inicial había desaparecido con el transcurso de los años, y se había aclimatado totalmente a su vida cómoda, en su zona de confort, y nuestros anhelos tempranos de compartir una existencia juntos, ya no tenía en su corazón el mismo arraigo de los primeros meses juntos.
—Hay tiempo para eso. Espera que en mi empleo tenga una seguridad permanente, y que las nenas se acostumbren a la noción de irnos a vivir fuera de mi pueblo, y quizás podamos realizar la boda en su momento— me dijo mi llamado amor, y me decepcionó grandemente.
Estaba hastiado de esperar; nuestra historia juntos rondaba los 5 años, y no veía en esta mujer el deseo de formar una familia conmigo, y sus nenas, como las llamaba, ya eran mujeres adolescentes; una de ellas ya madre, por lo que, inconscientemente, fui perdiendo el deseo de viajar a su pueblo cada fin de semana, y las visitas comenzaron a espaciarse tanto, que en ocasiones transcurría más de un mes sin vernos.
—¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar? La pregunta insistente cada día, cada mes, cada año, hasta que, aun amándola tanto, comencé a fijarme en otras personas, que ciertamente no amaba, pero que me distraían y me alejaban, tanto de la tristeza que ya se arraigaba en mi espíritu, como también de ella, de la persona que cinco años antes creí que era el amor de mi vida, la mujer de mis sueños, y que unos meses después, por medio de mensajes de texto, me destrozó el corazón de tal manera, confesando que ya no sentía lo mismo por mí, que pensé hasta en quitarme la vida, de tan hundido que estaba en el abismo del dolor que ella me había infligido.
—Vengo ahora— le dije a mi padre, saliendo al jardín exterior de mi casa, y cayendo arrodillado al suelo porque no podía soportar el dolor inmenso de haberla perdido, de ver todas mis ilusiones caer como un castillo de naipes azotado por la furia incontenible del vendaval de crueles palabras escritas que destruyeron mi vida en un instante.
¿Cómo demonios una hermosa relación, de tanta comunicación entre las partes, de tanto amor demostrado con cada palabra, con cada gesto, con cada caricia, con tanto amor, podía terminar con mensajes de texto, porque ni siquiera esa deferencia tenían para conmigo de expresarme sus sentimientos en persona?
¿Tan malo fui que ni eso merecía, un respeto basado en el amor profesado anteriormente, que solamente unas pocas palabras en varios mensajes de texto a través de un celular acabando con nuestra relación era el premio por tantos años de amor lindo y sincero?
Mis años de entrega y dedicación a una relación de amor se habían ido por la borda de la indiferencia y del desamor, y no podía contenerme.
Mi vida en segundos quedo vacía, sin ilusión, sin felicidad, y a pesar de que ya nuestra relación no era la mágica de antaño, solamente una rutina, aún sentía algo, y quería llegar hasta la vejez junto a ella.
El alma desolada, ideas suicidas, falta total de interés en las cosas cotidianas, y una tristeza perenne, junto a mi indiferencia hacia todo lo que fuera amor, fueron los ingredientes perfectos para un final predecible, y ya la esperanza de ser feliz, ya no tenía cabida en mi corazón. Ya los cuentos de hadas no eran para mí, y una existencia plena de alegría, tampoco.
Sólo me faltaba tomar la decisión.
—¿Te la vas a tomar?
La pregunta me agarró desprevenido. Me hallaba en ese momento en un club de mejoramiento de la salud, al que asistía más para distraerme que para ciertamente mejorar mi condición física, y giré mi cabeza hacia el lado para responderle a la persona que había formulado la pregunta.
Era una bellísima mujer, de cabellos rubios, y cuerpo tonificado por los ejercicios aeróbicos y la buena nutrición la que curiosamente me observaba.
—¿Perdón? — solamente pude decir.
—Te pregunté si piensas tomarte el resto de la bebida que te sirvieron.
La miré molesto. Qué desfachatez la suya. Apenas, en todo ese tiempo asistiendo a ese club había cruzado palabras con ella, y ahora venía a entrometerse en mi desolada existencia como si fuéramos amigos entrañables.
Pero manteniendo mi rostro ecuánime, le respondí:
—Si la deseas, te la puedes tomar. Sinceramente ya ni me gusta.
Ella, la rubia dulce y muy hermosa, me observó curiosa y sonreída, y me la quitó de las manos prácticamente. Lejos de molestarme más de lo que estaba, me divirtió su forma de ser. Parecía de esas mujeres que saben luchar por lo que quieren, y muy decidida aparentemente.
—Gracias.
—De nada.
Y comenzó a hablar de un millón de cosas, buscando conversación, pero mi mente se hallaba tan lejos, que difícilmente podía seguir el ritmo de su perorata. Aun así, cortés como siempre, o casi siempre, la trataba de atender.
Finalmente me levanté, y aunque no quisiera reconocerlo, la conversación fluida de la mujer que se había tomado mi bebida me distrajo enormemente. Era interesante ver que, no obstante, mi forma indiferente de comportarme y mi alejamiento en todos los aspectos de los demás clientes del club, que no invitaba precisamente a entablar un diálogo conmigo, la tonificada exponente de los ejercicios aeróbicos buscaba siempre la manera de iniciar una conmigo con este servidor.
Su dulzura, mucha paciencia, toneladas de ternura y amistad, hicieron renacer de las supuestas cenizas el amor por la vida que creí acabado para siempre, y comencé a ver las cosas con mayor interés, aunque todavía, como es habitual en este tipo de rompimiento amoroso, me escocía el alma de puro dolor.
Nuestra amistad, unida por sendas rupturas del llamado amor, se fortaleció en el transcurso de los meses siguientes. De miradas furtivas, roces de manos, besos en la mejilla, pasamos finalmente a besarnos con amor, y del genuino, y ya mi corazón le respondía a este sentimiento nacido de entre los escombros de otra triste relación con verdadero deseo de vivir, de reencontrarme conmigo mismo; de volver a vivir.
—¿Deseas ser mi novia? — le pregunté una tarde de diciembre, dos años atrás. Ella me miró sonriente, y me dijo:
—Ya era hora de que me lo preguntaras. Por supuesto que sí. Te amo.
—Y yo a ti, mi vida, te amo con todo mi corazón— respondí, con mis ojos anegados en llanto por la alegría de amar y ser amado nuevamente, y esta vez para siempre.
En el verano del 2014 destruyeron el concepto de lo que pensaba era un amor de los que duraban para siempre; el amor de mi vida. Irrumpió en mi existencia una noche de julio, y me puso al borde del abismo en todos los aspectos, y en muchas ocasiones pensé en terminar con todo lo que me rodeaba, y huir como un cobarde de esta vida.
Quise morir.
Esos pensamientos asaltaban mi mente y mi espíritu día a día, y la tristeza de no vivir plenamente como yo anhelaba minaba las pocas fuerzas que me restaban para resistir tanto dolor.
Pero resistí.
Quise morir.
Pero decidí vivir.
—¿Quieres casarte conmigo?
Una mirada cargada del más puro sentimiento llamado amor me respondió. No eran necesarias las palabras entre nosotros. Estábamos ya unidos por el verdadero amor que tanto habíamos buscado sin lograr hallarlo, y nuestra relación estaba cimentada en una base sólida de amor y comunicación.
Mi alegría de vivir regresó el día en que la conocí, al amor de mi vida, el real esta vez, la que sé estará conmigo hasta la vejez, y la que me acompañará en el recorrido de la hermosa vida que aún nos resta por completar.
Decidí vivir, porque Dios se había apiadado de este pobre corazón, y me había devuelto con creces un sentimiento llamado…amor.
Si te gusta, comparte este relato de amor verdadero, y muchas felicidades a todos en el Día del Amor.
Biografía del autor.
Peter R. Vergara Ramírez, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manatí, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal, y prosigue estudios, actualmente, conducentes a una Maestría en la misma rama en la UNE de Barceloneta. Autor de seis trabajos literarios ya publicados en Amazon.
Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana.
Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, El Comienzo, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, publicada en septiembre del 2016.
Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en el que, aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Todos mis trabajos literarios se encuentran en formato digital e impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida, y la inspiración para este escrito. Residen en Manatí, Puerto Rico.
Trabajos literarios:
1. Susurros Mortales, el comienzo. 2016
2. Susurros Mortales en el Viento, Ángel de Piedad. 2016
3. Al Final del Abismo. 2016
4. Tu Peor Enemigo Siempre Serás Tú (Motivación 1) 2016
5. Tiempo de Hacer las Paces con mis Demonios (Motivación 2) 2016
6. Adiós a mis Miedos (Motivación 3) 2016
7. Obsesión Mortal (abril 2017)
8. Deadly Whispers (febrero 2017)
Página web: http://vergram.website Correo electrónico: peter@petervergara.com