Vientos-La Estaca Clavada

Vientos- de la Estaca Clavada https://bymoya.wordpress.com/2016/11/25/vientos

La solidaria experiencia literaria | El blog de Fabio

https://blogdefabio.com/2016/11/24/la-solidaria-experiencia-literaria/

Mi camino hacia ti…

Mi camino hacia ti

3 años.

Parece que fue ayer.

Un ayer que en su momento estaba cubierto de dolor, lágrimas, tristeza; desesperación.

Un ayer que quizás fue hermoso en su minuto de vida, pero que se convirtió en la negrura de mi existencia un día de verano, sumergiéndome en la nada de la infelicidad que llegaba hasta mi alma a pasos agigantados.

3 años, más de 1,000 días. Pocos. Y muchos a la vez.

Dicen que cuando la oscuridad llega a tu vida, no debes detenerte en medio de ella.

Te puedes hundir más, o acabar de perderte en la nada.

Yo no me detuve. Me sorprendió la oscuridad cuando menos lo esperaba, me confundí, y también me dolió, para qué negarlo.

Pero cuando más desorientado me hallaba, cuando más inclinado me sentía de regresar en vez de avanzar, surgió una mano, tendida hacia mí, suave, tierna, cubierta del amor que tanta falta me hacía en ese momento.

Y la tomé, su mano entre la mía, esperanzado e ilusionado con su callado ofrecimiento de amor, el que yo esperaba, el que yo necesitaba.

Caminando a través de la oscuridad, paso a paso, surgió el todo en medio de la nada.

Entonces sonreí. El camino hacia ti había llegado.

Acababa de conocer al amor de mi vida, y ya jamás lo soltaría.

3 años.

El final de un dolor, el comienzo de mi felicidad, al lado de la que luego sería mi todo…

Dedicado a mi esposa, Lynette, mi todo.

 

Desaparecidos

https://elrinconinhospito.wordpress.com/2016/11/23/desaparecidos

No pierdas tu esencia de escritor ni de ser humano por nada ni por nadie

No pierdas tu esencia de escritor ni de ser humano

Estaba hace unos minutos posteando las direcciones de ciertos lugares donde abundan recursos literarios para nosotros los escritores, y en donde se aconsejan mil y una formas de escribir, no escribir, y un sinfín de cosas más que cualquier escritor o bloguero sabe, y si no sabe se encuentra en el camino correcto para conocer, porque se aprende todos los días hasta la muerte.

Eso me hizo recordar una conversación sostenida con una persona querida años atrás, cuando estaba escribiendo mi primera novela. La persona me aconsejó encarecidamente no poner unas palabras que le parecieron altisonantes, por así decirlo, o vulgares, rudas, demasiado fuertes para el contexto en el que se encontraban las mismas.

Como era mi primera novela, pues le hice caso. Me senté frente a mi ordenador, busqué el capítulo donde todas esas malas palabras se encontraban, y lo hice para borrarlas y escribir unas más bien bonitas, rítmicas, hermosas.

Una vez me encontraba dispuesto a borrarlas y enviarlas al país de los recuerdos, detuve mis dedos que se hallaban encima del teclado en DELETE.

Me hallaba en una encrucijada. ¿Seguía consejos de quien nunca había escrito nada en su vida? ¿O seguía mi propia voz, la esencia de mi alma?

No tuve que pensarlo mucho.

Apagué el ordenador, y regresé donde la persona.

—Las palabras se quedan.

Me observaron como a un bicho raro salido de Narnia.

—No vas a conseguir lectores que te compren esa novela— me dijeron escuetamente.

Me reí. A carcajadas.

—Todas esas palabras, feas, vulgares, bonitas, o lo que sean, van ahí para darle fuerza a esa línea, a esa idea, y se quedan. Si no vendo ningún libro, pues que así sea, pero no voy a someter mi esencia, la fuerza de mi espíritu, el sufrimiento y el dolor que pongo en mis palabras, solamente porque a alguien no le guste. Sería sacrificar mi esencia pura de escritor y de ser humano, lo que tantos años me ha costado hasta llegar hasta aquí, y mi mensaje, lo que realmente quiero llevarle al lector, se perdería entonces, y eso no lo voy a permitir. Mi escritura soy yo, es mi identidad, mi corazón, y eso nadie más lo posee. Habrá personas que se identifiquen con mi sello personal, con mi filosofía de vida, y esos son a los que le escribo.

Se quedó callada la persona, y no dijo nada más. Tampoco me importaba.

Nadie me enseñó a escribir. No fui a talleres de escritura creativa ni nada por el estilo. Tampoco ningún escritor famoso me enseñó lo poco que sé sobre el arte de escribir libros.

Fui aprendiendo poco a poco, leyendo, escribiendo, cometiendo errores, tachando y borrando miles de palabras, y capítulos completos porque no me gustaban. Se me quedó la mente en blanco completamente, sentí deseos de arremeter contra el ordenador y contra todo lo que me rodeaba, y de mandar para buen sitio mi incipiente carrera como escritor.

Pero no lo hice, y tampoco me rendí. Aprendí a escribir, y todavía, aún después de los libros que llevo publicados, no me siento satisfecho completamente. Cada vez que los reviso, encuentro palabras que no debieron ir, tildes que no se pusieron, falta de concordancia entre líneas, y un montón de cosas que ni vale la pena mencionar. Pero llevan mi mensaje.

Trato de superarme cada día, de mejorar mi escritura, de triunfar en lo que quiero.

No vivo el sueño ni las metas de nadie, por lo que no escribo como los demás, ni trato de imitar a algún autor reconocido.

Yo soy yo, Peter R. Vergara Ramírez, un escritor que apenas comienza a despuntar en el ámbito literario, y eso no lo cedo por nada ni por nadie. Tengo, y pongo, mi propia voz, la fuerza de mi alma, la esencia de mi ser, en cada palabra que escribo para el mundo.

Prefiero fracasar con mi esencia pura, que triunfar con la voz de otros…

 

 

El Concepto de la Igualdad- reflexión enviada a Textos Solidarios de mi autoría PR Vergara

El concepto de la igualdad– Reflexiones La igualdad es algo por lo que luchamos desde tiempos inmemoriales. Un concepto que en ocasiones se disminuye en aras de otras cosas no tan importantes. Primero que nada, la palabra igualdad significa, según una de las muchas definiciones encontradas online, que son dos personas iguales, que tienen las mismas características en cuanto a su naturaleza, cantidad, forma o cualidad. Aquí hablamos de igualdad de derechos, que es exactamente la que nos ocupa ahora en este escrito.

Todos, según las leyes jurídicas que gobiernan nuestros países, o al menos desde donde escribo este artículo, somos iguales ante Dios y ante los hombres. Bonitas palabras, muy bien redactadas en su momento por los padres de la Constitución, sobre los derechos y equidad de todos los seres humanos, pero que, sin embargo, no se respetan en la cruda realidad que nos rodea diariamente.

En la actualidad, no somos iguales. Realizamos las mismas funciones corporales, sentimos igual ante diferentes situaciones, lloramos cuando una situación nos entristece, reímos cuando algo o alguien nos contagia con su alegría, amamos, odiamos, sentimos sueño, comemos, y todas esas características que nos hacen iguales, y a la vez diferentes a los demás.

Hasta ahí algunas similitudes. 

Somos diferentes en lo que pensamos, cómo reaccionamos ante una situación, en la manera en que vemos la vida, en nuestros sentimientos ante lo inexplicable, y ante lo explicable también, y somos diferentes en lo que consideramos bueno o malo.

Cada persona tiene su propio y personal concepto de la vida y de la igualdad. Posiblemente un hombre o mujer adinerad@ no lo cree así, que somos iguales, por la única razón de poseer dinero en abundancia, y lo más seguro es que mira a los demás con suficiencia, creyéndose lo mejor del mundo, superior, y en su mente y corazón, de tenerlo, lo piensa así.

También tenemos a la persona súper preparada académicamente, el abogado, médico, ingeniero, arquitecto, y no pienso añadir a esta lista a políticos, porque muchos de ellos ni siquiera conocen las reglas de multiplicar, así que no me voy a meter en ese campo, pues bastante tenemos con la situación en nuestro país desmoralizado ante lo que está y lo que viene, no muy halagador que digamos.

Estos, los preparados académicamente, y no todos, debo aclarar, son seres humanos que olvidaron en alguna parte del camino que sin importar el dinero y el tiempo invertido para completar su educación y después cargarnos a nosotros por su estilo de vida, que, en la vida, si no actúas igual que los demás, corres el riesgo de perderlo todo.

De nada valdría entonces los sacrificios cometidos si no se aprendió la lección más importante que cualquier ser humano tiene que aprender desde niño.

Que todos somos iguales ante Dios y ante los hombres.

El que ganes más dinero que yo, que tengas títulos académicos llenando tus paredes, que seas más inteligente, agraciado físicamente, o hables mejor, no te hace diferente a mí en nada. Son esquemas que la sociedad nos impone desde pequeños, y crecemos entonces con esos conceptos erróneos de lo que es una persona en la realidad.

Por estos conceptos equivocados es que actualmente hay un nivel de intolerancia increíble en nuestro diario vivir. Se rechaza a cualquier persona solamente por ser diferente en los esquemas ya establecidos por la sociedad. Miramos con desdén al deambulante que pide monedas en la calle, y vuelvo a repetir, gracias a Dios, no todos somos así; y tratamos despectivamente a la persona que se encuentra por debajo de nosotros en lo laboral, en la iglesia, en la universidad, en la familia, en todos lados.

No sabemos que al tratar así a los demás, nos hundimos nosotros mismos como seres humanos, que perdemos parte de la esencia pura e inocente que nos caracterizaba cuando éramos niños y no conocíamos de todas estas argucias sociales, morales, religiosas, económicas que nos fueron endilgando según crecíamos hasta convertirnos en adultos. El daño ya está ahí, y muchas veces es difícil erradicarlo, aunque queramos.

Somos iguales, aunque no lo creas. Está en ti cambiar lo negativo o lo impuesto en tu corazón para que pienses como yo. Posiblemente en tu caso particular, hables un poco mejor, tengas mejor educación, mayores valores y principios, te vistas bien, asistas al gimnasio regularmente, comas nutritivamente, o quizás no, te hartes de comida chatarra en ocasiones, poseas el auto más caro de la avenida, tengas a tus hijos en colegios carísimos y bilingües, tengas el empleo más remunerado del mundo, y te codees con la alta sociedad en todos los aspectos.

Sin embargo, sigues siendo el bebé desnudo que salió del vientre de tu madre llorando a todo pulmón.

Y serás también el adulto que entierren en el cementerio de tu pueblo cuando mueras. Quizás asista mucha gente al mismo, o posiblemente no, si trataste a los demás por encima de tu hombro. La muerte, cuando venga a buscarte, no verá si eres igual o diferente. Comoquiera te llevará.

Está en tu persona cambiar para ver a todos por igual. Aún puedes hacerlo. Toma su tiempo, no podemos negarlo, pero un poquito hoy, otro poco mañana, puede hacer la diferencia cuando llegue el momento de partir de este mundo. Cuando sientas deseos de gritar o maltratar a alguien, detente, y recapacita. Es un ser humano lo que tienes enfrente, no un animal, aunque los animales merecen la misma consideración al tratarlos. La dignidad de una persona no es negociable, no importa su vestimenta, dinero o educación. A la gente debemos tratarla igual aunque la veamos diferente.

Te vas satisfecho porque fuiste igual a los demás, o te vas amargado y vacío, porque no supiste que, ante Dios, los hombres, y la vida, tú eres igual que yo.

Piénsalo.

Peter R. Vergara Ramírez

Si Dios es tan grande, ¿por qué me preocupo entonces?

Mientras paseaba con mi esposa Lynette hoy por el pueblo de Barceloneta, hermoso pueblo de mi islita amada, Puerto Rico, y luego de saborear unas ricas alcapurrias de jueyes ella, y yo de carne, en La Boca, en uno de sus típicos sitios para chinchorrear, nos detuvimos un poquito más adelante en un sector playero, tranquilo, prácticamente desierto, y alejado de la carretera lo suficiente para pasar inadvertidos.

Nos fuimos a caminar, tomados de la mano, y admirando el hermoso paisaje que se presentaba gratuitamente ante nuestros ojos, porque como bien dicen por ahí, las mejores cosas de la vida son gratis. El problema es que estamos siempre tan ocupados, y en un afán constante persiguiendo quimeras que muchas veces no se realizan, que no vemos que, frente a nosotros, o al lado, o unos pasos más adelante, se hallan tantas cosas bonitas, que sinceramente, nunca llegamos a apreciarlas en su totalidad.

Aunque lo tengamos enfrente, somos tan ciegos, estamos tan inmersos en nosotros mismos, que no valoramos las maravillas de Dios.

Y ese paisaje era una de sus maravillas. Lo pueden apreciar en la foto.

Maravilla que me hizo comprender lo pequeño que somos, lo estúpido que nos comportamos en la ruta de nuestra existencia por no comprender que todo lo que nos preocupa, todo lo que nos impide conciliar el sueño por las noches, todo aquello que nos perturba hasta lo indecible y nos cambia la vida, no son más que piedras en el camino que solamente con una patada que les demos será suficiente para alejarlas definitivamente de nuestras vidas, y que sin embargo, les damos tanta importancia, le damos tanto valor, que en su momento, llegan a convertirse en obstáculos insalvables que no somos capaces de atravesar de ninguna forma.

También me hizo comprender que nos ahogamos en la nada cuando podemos obtener el todo, y que cosillas sin importancia, comparando todo esto con la inmensidad del universo, no son más que eso mismo, situaciones sin importancia.

Hay que valorar en su justa medida la vida, y como dije anteriormente, viendo lo pequeño que somos ante Dios y sus maravillas, entendí que en ocasiones yo mismo pierdo el tiempo y la paciencia lidiando con tonterías que ni vienen al caso, y que amargo mi existencia rodeándome de personas que no merecen estar a mi lado bajo ninguna circunstancia.

Y viendo todo esto, no debo preocuparme de nada, porque los problemas que enfrento, las situaciones diarias que molestan, las personas que no aportan nada a mi existencia, y los obstáculos que impiden mi camino hacia la felicidad, no son nada cuando pienso que con Dios a mi lado, y todas sus maravillas y bendiciones, nada ni nadie será capaz de detenerme en mi ruta hacia la verdad de mi existencia, y que ninguna nimiedad sin valor me detendrá de ahora en adelante, porque nada, repito, es lo suficientemente poderoso para ser más grande que las bendiciones que Dios ya tiene para mí y los míos.

Y confío en ello. Ante la inmensidad del Señor es imposible no hacerlo.

¿Puedes confiar tú también?

Solamente tienes que creer…